Solía decirme a mí mismo, por lo bajo, como una especie de mantra, que con cada libro vendido estaba un paso más cerca de vivir de la literatura. Me autoconvencía de que no hacía falta mirar el panorama completo, ni hacia adelante ni hacia atrás, sino concentrarse en ese pequeño granito que acababa de suceder, o sucedería pronto.
Eso cuando salía a la plaza, después de haber trabajado todo el día en actividades que en algún tiempo habían sabido cautivarme, pero ya no. Muchas veces cansado mentalmente, y con la necesidad de olvidar ese cansancio, para poder ofrecer de un modo más o menos digno el fruto de desvelos anteriores, de horas de fervor dedicadas al papel y al lápiz.
Cualquiera que haya vendido alguna vez (lo que sea: tomates, productos electrónicos, caramelos, o el objeto de su propia creación) sabe bien que el ánimo lo es todo para que esa venta se concrete, y más aún cuando el comprador no va a buscar lo que necesita a un negocio, sino que de repente se lo están ofreciendo en medio de la calle, y ni lo espera ni lo quiere, al menos de antemano.
Hoy es distinto. Dedico una parte de mi tiempo a escribir, otra a corregir y publicar, y una última a vender. Ya no vengo cansado de otras actividades, e intento elegir los momentos y lugares en los que mejor me siento. Cada mañana, según las ganas con las que me haya levantado, decido a qué lugar de la ciudad iré a ofrecer mis libros. Y la ciudad, por suerte, es lo bastante grande como para dejarse recorrer sin demasiadas planificaciones: alcanza con anotar los barrios transitados, desmenuzados poco a poco en ese ir y venir azaroso.
Todo esto para decir que acabo de vender el ejemplar número cuatromil. Un hito más en el desafío de los números redondos. Sin embargo, aunque ya no me repita todos los días que cada libro es importante, creo haberlo asimilado definitivamente. Entendí, además, que lo primordial es disfrutar del momento en que se vende (como ya lo hacemos al escribir y publicar), y tratar de fluir de la mejor manera posible. El resto viene solo.
sábado, 17 de marzo de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
Rabindranath Tagore
Llegó por casualidad a mi biblioteca. Fue hace tres o cuatro años. Edición sencilla. Contenido inesperado. Sus Entrevisiones de Bengala son una serie de cartas elegidas, entre las muchas que escribió durante los años 1885 a 1895.
Pero estas cartas, colmadas de belleza, de profundidad, y de admiración por un mundo demasiado vasto (más vasto todavía al resguardo de la ciudad apabullante, y en contacto pleno con la naturaleza infinita), no fueron escritas para ser publicadas. Ni siquiera copia guardaba el autor. Volvieron a él más tarde, con el tiempo. Fue entonces cuando hallaron la posibilidad de reunirse en libro.
Rabindranath Tagore (1861-1941). Poeta, dramaturgo, filósofo, educador, músico y pintor indio. Su lengua materna, el bengalí. Conocedor también del sánscrito y el inglés; este último por formar parte entonces la India del imperio británico. Síntesis de Oriente y Occidente. Recibió el premio Nobel de literatura en 1913.
Los invito a descubrir su obra, si es que no la conocen ya. En lo personal, me prometo seguir buceando en ella, además de la relectura habitual de sus Entrevisiones de Bengala.
Pero estas cartas, colmadas de belleza, de profundidad, y de admiración por un mundo demasiado vasto (más vasto todavía al resguardo de la ciudad apabullante, y en contacto pleno con la naturaleza infinita), no fueron escritas para ser publicadas. Ni siquiera copia guardaba el autor. Volvieron a él más tarde, con el tiempo. Fue entonces cuando hallaron la posibilidad de reunirse en libro.
Rabindranath Tagore (1861-1941). Poeta, dramaturgo, filósofo, educador, músico y pintor indio. Su lengua materna, el bengalí. Conocedor también del sánscrito y el inglés; este último por formar parte entonces la India del imperio británico. Síntesis de Oriente y Occidente. Recibió el premio Nobel de literatura en 1913.
Los invito a descubrir su obra, si es que no la conocen ya. En lo personal, me prometo seguir buceando en ella, además de la relectura habitual de sus Entrevisiones de Bengala.
BOLPUR
2 de Mayo de 1892
Hay muchas paradojas en el mundo y una de ellas es que dondequiera que el paisaje es inmenso, el cielo ilimitado, las nubes íntimamente densas, los sentimientos insondables ─es decir en los que el infinito se manifiesta─ el compañero apropiado de toda esta grandeza es una pesona sola. Una multitud allí parece trivial y distrayente.
Un individuo y el infinito están en planos iguales, dignos de mirarse uno a otro, cada uno desde su propio trono. Pero donde están muchos hombres ¡qué pequeños se hacen la humanidad y el infinito! ¡Cuánto tienen que quitarse a golpes a fin de encajar uno en otro! Cada alma necesita tanto lugar para explayarse que en una muchedumbre tiene que esperar espacios por entre los cuales sacar un poco la cabeza estirada de rato en rato.
Así que el único resultado de nuestro ensayo de reunirnos es que nos hacemos incapaces de llenar nuestras manos unidas, nuestros brazos tendidos, con esta infinta e insondable extensión de la armonía del mundo.
Camino de GOALUNDA
21 de Junio de 1892
Imágenes de una variedad infinita, de arenales, campos de mieses y aldeas, entran desligándose en nuestra visión a un lado y a otro; nubes flotando en el cielo, florecimiento de colores para cuando el día encuentre a la noche. Pasan barcos, arrojan sus redes los pescadores; las aguas hacen líquidos sones acariciadores durante todo el día; su ancha extensión se acalla en la quietud del anochecer, como un niño que se va quedando dormido, y, sobre el agua, todas las estrellas del ilimitado cielo montan guardia; luego, mientras estoy velando, las orillas dormidas a cada lado, el silencio sólo se quiebra, de vez en cuando, por un agudo grito de chacal en el bosque cercano a alguna aldea o por fragmentos que, minados por la vida corriente del Padma, se desmoronan y despeñan desde la alta ribera, cayendo al agua.
No es que el espectáculo sea siempre de un especial interés; un arenal amarillento, carente de yerba o de árbol, se extiende hasta lo lejos; una barca vacía está atada a su borde; el agua azulada, del mismo matiz que el cielo brumoso, fluye pasándome. Sin embargo, no puedo expresar lo que me conmueve de tal manera. Sospecho que las antiguas inquietudes y anhelos de mis días de infancia, gobernados por criados, ─cuando en la solitaria prisión de mis habitaciones yo me entregaba a la lectura de “Las mil y una noches” y compartía con el marinero Simbad sus aventuras en muchos países extraños─ aún no están muertos dentro de mí sino que despiertan súbitamente al ver una barca vacía atada a un arenal.
Si yo no hubiera oído cuentos de hadas ni leído “Las mil y una noches” y “Robinson Crusoe” en la infancia, estoy seguro de que las riberas lejanas, o el lado más distante de los anchos campos, no me habrían conmovido así; el mundo entero, a decir verdad, hubiera tenido un sentido diferente para mí.
¡Qué marañas de fantasías y realidades se enredan dentro del pensamiento del hombre! Las tramas diferentes ─menores y mayores de cuentos, acontecimientos e imágenes─, ¡cómo se anudan unas a otras!
SHELIDAH
10 de Agosto de 1894
Anoche me despertó un zumbido de aguas que se precipitaban ─una repentina interrupción alborotada de la corriente del río─ debido probablemente al embate de una cascadilla, cosa que ocurre con bastante frecuencia en esta estación. Los pies, sobre el maderamen del barco, se dan cuenta de la existencia de una variedad de fuerzas que trabajan bajo ellos. Ligeros temblores, pequeños balanceos, suaves ondeos y repentinas sacudidas; todo ello me tiene en contacto permanente con el pulso de la corriente fluidora.
Debió producirse alguna repentina conmoción en la noche para que despidiera a la corriente presurosa. Me levanté y me senté junto a la ventana. Una luz neblinosa hacía que el turbulento río pareciera más revuelto que nunca. El cielo estaba manchado de nubes. El reflejo de una gran estrella, enorme, se estremecía sobre las aguas como si fuera una ardiente desgarradura de dolor. Ambas riberas aparecían vagas con el empañamiento del sueño y entre ellas estaba esta loca inquietud desvelada que seguía corriendo y corriendo sin pararse a pensar en las consecuencias.
El contemplar una escena como ésta en medio de la noche, le hace a uno sentirse del todo una persona diferente y pensar que la vida a la luz del sol es sólo una ilusión. Después, nuevamente, con la mañana, ese mundo de medianoche se despintaba convirtiéndose en país de ensueño y se desvanecía en el aire. Los dos son bien diferentes y, sin embargo, los dos son verdad para el hombre.
El mundo del día me parece como la música europea, sus acordes y cacofonías revolviéndose unos a otros en una gran progresión de armonía. El mundo de la noche, como la música india; pura melodía desligada, grave y penetrante. Aunque su contraste sea tan marcado, las dos nos conmueven profundamente. Este principio de lo opuesto está en la misma raíz de la creación que se encuentra dividida entre el reinado del Rey y de la Reina; de la Noche y del Día; el Uno y el Vario; el Eterno y el Evolucionador.
Nosotros, los indios, estamos bajo el reinado de la Noche. Estamos sumergidos en lo Eterno y en el Uno. Nuestras melodías son para ser cantadas a solas, a sí mismos; nos sacan del mundo cotidiano a la soledad de lo aislado. La música europea es para la multitud que se la lleva, bailando por los montes y los valles de las alegrías y las penas de los hombres.
Rabindranath Tagore
cartas del libro “Entrevisiones de Bengala”
lunes, 5 de marzo de 2012
Maldita Conciencia (agotado)
Como sucedió primero con Libertad y otras yerbas, se agota ahora Maldita Conciencia, el cual iba ya por su segunda edición. Es este un libro bastante especial para mí, dado que me ayudó a creer en que vivir de la literatura es posible, o al menos estableció las bases para que el intento no fuera del todo descabellado.
Además, tuvo siempre un buen recibimiento por parte de la gente, y al día de hoy, hay quienes lo siguen prefieriendo (durante la elección mano a mano que se produce segundos antes de la compra) por encima de Soy Culpable, su sucesor dentro del género poesía.
Es que con él, creo haber alcanzado un pequeño escalón de madurez literaria, que suele ser insuficiente, claro, pero aún así inestimable. Aprender se aprende todo los días, sin embargo hay pasos que son también como hitos, o modestas banderas que se plantan como recuerdo de que pretendemos seguir avanzando.
Entiendo que, aunque a los fines prácticos pueda arreglármelas más o menos bien sin su presencia, se merece por lo dicho antes continuar vivo en papel. Así que es probable que a lo largo de este año planifique su edición número tres. Mientras tanto, mantiene su batalla en Amazon, respirando allí en formato electrónico.
Además, tuvo siempre un buen recibimiento por parte de la gente, y al día de hoy, hay quienes lo siguen prefieriendo (durante la elección mano a mano que se produce segundos antes de la compra) por encima de Soy Culpable, su sucesor dentro del género poesía.
Es que con él, creo haber alcanzado un pequeño escalón de madurez literaria, que suele ser insuficiente, claro, pero aún así inestimable. Aprender se aprende todo los días, sin embargo hay pasos que son también como hitos, o modestas banderas que se plantan como recuerdo de que pretendemos seguir avanzando.
Entiendo que, aunque a los fines prácticos pueda arreglármelas más o menos bien sin su presencia, se merece por lo dicho antes continuar vivo en papel. Así que es probable que a lo largo de este año planifique su edición número tres. Mientras tanto, mantiene su batalla en Amazon, respirando allí en formato electrónico.
lunes, 27 de febrero de 2012
Vivir para contarla
Compartiré algunos pasajes, durante dos o tres entradas, que me resultaron particularmente significativos de la autobiografía de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla. Allí se explaya, entre muchas otras cosas, acerca de la dificultad que supuso dedicarse a la literatura, habiendo abandonado su carrera universitaria, y recurriendo al periodismo como actividad principal para ganarse a duras penas la vida.
Desde el principio de la conversación me sentí ante el doctor con la misma edad que tenía cuando le hacía burlas por la ventana, de modo que me intimidó cuando se dirigió a mí con la seriedad y el afecto con que le hablaba a mi madre. Cuando era niño, en situaciones difíciles, trataba de disimular mi ofuscación con un parpadeo rápido y continuo. Aquel reflejo incontrolable me volvió de pronto cuando el doctor me miró. El calor se había vuelto insoportable. Permanecí al margen de la conversación por un rato, preguntándome cómo era posible que aquel anciano afable y nostálgico hubiera sido el terror de mi infancia. De pronto, al cabo de una larga pausa y por cualquier referencia banal, me miró con una sonrisa de abuelo.
—Así que tú eres el gran Gabito —me dijo—. ¿Qué estudias?
Disimulé la ofuscación con un recuento espectral de mis estudios: bachillerato completo y bien calificado en un internado oficial, dos años y unos meses de derecho caótico, periodismo empírico. Mi madre me escuchó y enseguida buscó el apoyo del doctor.
—Imagínese, compadre —dijo—, quiere ser escritor.
Al doctor le resplandecieron los ojos en el rostro.
—¡Qué maravilla, comadre! —dijo—. Es un regalo del cielo —Y se volvió hacia mí—: ¿Poesía?
—Novela y cuento —le dije, con el alma en un hilo. El se entusiasmó:
—¿Leíste Doña Bárbara?
—Por supuesto —le contesté—, y casi todo lo demás de Rómulo Gallegos.
....
—No sé cómo escribes —me dijo—, pero ya hablas como escritor.
Mi madre se apresuró a explicar la verdad: nadie se oponía a que fuera escritor, siempre que hiciera una carrera académica que me diera un piso firme. El doctor minimizó todo, y habló de la carrera de escritor. También él hubiera querido serlo, pero sus padres, con los mismos argumentos de ella, lo obligaron a estudiar medicina cuando no lograron que fuera militar.
—Pues mire usted, comadre —concluyó—. Médico soy, y aquí me tiene usted, sin saber cuántos de mis enfermos se han muerto por la voluntad de Dios y cuántos por mis medicinas.
Mi madre se sintió perdida.
—Lo peor —dijo— es que dejó de estudiar derecho después de tantos sacrificios que hicimos por sostenerlo.
Al doctor, por el contrario, le pareció la prueba espléndida de una vocación arrasadora: la única fuerza capaz de disputarle sus fueros al amor. Y en especial la vocación artística, la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella.
—Es algo que se trae dentro desde que se nace y contrariarla es lo peor para la salud —dijo él. Y remató con una encantadora sonrisa de masón irredimible—: Así sea la vocación de cura.
Me quedé alucinado por la forma en que explicó lo que yo no había logrado nunca. Mi madre debió compartirlo, porque me contempló con un silencio lento, y se rindió a su suerte.
—¿Cuál será el mejor modo de decirle todo esto a tu papá? —me preguntó.
—Tal como acabamos de oírlo —le dije.
—No, así no dará resultado —dijo ella. Y al cabo de otra reflexión, concluyó—: Pero no te preocupes, ya encontraré una buena manera de decírselo.
Gabriel García Márquez
fragmentos del libro “Vivir para contarla”
lunes, 13 de febrero de 2012
Por el sur
Hace años (tantos que El señor de los anillos todavía no era película) escribí este pequeño relato. Hoy tengo ganas de compartirlo.
Por el sur
Estás acá, flaco, solo, solo pero acompañado. Las incesantes gotas se dejan oír sobre la tela. El viento ya no sopla, no hay un pájaro que cante. Y a los pies, seguramente, el espejo/lago nada tiene por mostrar (ni podría aunque tuviera).
El viejo Lanín sigue jugando al escondite. Sólo una vez se hizo ver. Comenzás a pensar que es un problema con vos, con ustedes, o quizá sea más tímido de lo que parece.
Un arroyo sin nombre (por desconocimiento más que por carencia) murmura a lo lejos. O, mejor dicho, murmuraba. Ahora un motor (vaya a saber de qué) acalla su delicada voz.
El hombre de los baños mantiene encendidas las calderas, arroja un leño tras otro. Nunca deben apagarse. De nueve a veintitrés su vida transcurre para ello: su vida se pierde por ello.
Tolkien descansa a un lado del colchón inflable, ya no ocupa los paisajes de tu mente. Y vos seguís acá, acompañado, acompañado pero solo. Tu princesa mantiene la distancia. Un abrazo no alcanza a calmar su enojo. Y perdón no sale de tu boca, porque creés no estar equivocado.
Alejandro Laurenza
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
