Y entre cuento y cuento, entre capítulo y capítulo, Camilo, el coatí, va viviendo sus aventuras, avanza hacia un tesoro escondido en el medio de la selva. Vos estás ahí, metido de lleno en la historia. Ya no te acordás de la compu, del micrófono, de los toallones ni las frazadas. Sos el coatí, el yaguaraté, la ardilla, el loro. Sos la selva misionera, las cataratas, sos el río Pariente del mar. Te sentís igual que cuando escribías el libro, en el tan preciado estado de gracia.
Hasta que un perro ladra: el tuyo, el del vecino. Hasta que una moto ruge desde alguna calle desconocida. Hasta que pasa un avión a lo lejos, y las lucecitas del micrófono te avisan que lo está captando (¿a quién se le ocurre pilotear un avión a las seis o siete de la mañana de un día domingo?, ¿tanto apuro tiene por irse o por llegar a ninguna parte?).


