domingo, 4 de octubre de 2026

La realidad diminuta

Te levantás a las seis de la mañana del domingo, en busca del ansiado silencio para grabar. Preparás la compu, el micrófono, te hacés el mate. Tapizás las paredes de la cocina de mantas y frazadas, para que el sonido rebote menos. Ponés a un costado de la mesa el tender móvil, con toallones colgados. Hacés algunos ejercicios, tratás de sentirte en paz, en estado de gracia, como bien te recomendó alguien que de verdad sabe sobre lecturas y grabaciones. Empezás a leer. 

Y entre cuento y cuento, entre capítulo y capítulo, Camilo, el coatí, va viviendo sus aventuras, avanza hacia un tesoro escondido en el medio de la selva. Vos estás ahí, metido de lleno en la historia. Ya no te acordás de la compu, del micrófono, de los toallones ni las frazadas. Sos el coatí, el yaguaraté, la ardilla, el loro. Sos la selva misionera, las cataratas, sos el río Pariente del mar. Te sentís igual que cuando escribías el libro, en el tan preciado estado de gracia. 

Hasta que un perro ladra: el tuyo, el del vecino. Hasta que una moto ruge desde alguna calle desconocida. Hasta que pasa un avión a lo lejos, y las lucecitas del micrófono te avisan que lo está captando (¿a quién se le ocurre pilotear un avión a las seis o siete de la mañana de un día domingo?, ¿tanto apuro tiene por irse o por llegar a ninguna parte?). 

Entonces dejás de leer, parás la grabación, respirás hondo y tratás de volver a conectarte con vos y con la historia que debe cobrar vida, por encima de la diminuta realidad que te rodea.