domingo, 11 de marzo de 2012

Rabindranath Tagore

Llegó por casualidad a mi biblioteca. Fue hace tres o cuatro años. Edición sencilla. Contenido inesperado. Sus Entrevisiones de Bengala son una serie de cartas elegidas, entre las muchas que escribió durante los años 1885 a 1895.

Pero estas cartas, colmadas de belleza, de profundidad, y de admiración por un mundo demasiado vasto (más vasto todavía al resguardo de la ciudad apabullante, y en contacto pleno con la naturaleza infinita), no fueron escritas para ser publicadas. Ni siquiera copia guardaba el autor. Volvieron a él más tarde, con el tiempo. Fue entonces cuando hallaron la posibilidad de reunirse en libro.

Rabindranath Tagore (1861-1941). Poeta, dramaturgo, filósofo, educador, músico y pintor indio. Su lengua materna, el bengalí. Conocedor también del sánscrito y el inglés; este último por formar parte entonces la India del imperio británico. Síntesis de Oriente y Occidente. Recibió el premio Nobel de literatura en 1913.

Los invito a descubrir su obra, si es que no la conocen ya. En lo personal, me prometo seguir buceando en ella, además de la relectura habitual de sus Entrevisiones de Bengala.

BOLPUR
2 de Mayo de 1892


Hay muchas paradojas en el mundo y una de ellas es que dondequiera que el paisaje es inmenso, el cielo ilimitado, las nubes íntimamente densas, los sentimientos insondables ─es decir en los que el infinito se manifiesta─ el compañero apropiado de toda esta grandeza es una pesona sola. Una multitud allí parece trivial y distrayente.

Un individuo y el infinito están en planos iguales, dignos de mirarse uno a otro, cada uno desde su propio trono. Pero donde están muchos hombres ¡qué pequeños se hacen la humanidad y el infinito! ¡Cuánto tienen que quitarse a golpes a fin de encajar uno en otro! Cada alma necesita tanto lugar para explayarse que en una muchedumbre tiene que esperar espacios por entre los cuales sacar un poco la cabeza estirada de rato en rato.

Así que el único resultado de nuestro ensayo de reunirnos es que nos hacemos incapaces de llenar nuestras manos unidas, nuestros brazos tendidos, con esta infinta e insondable extensión de la armonía del mundo.


Camino de GOALUNDA
21 de Junio de 1892


Imágenes de una variedad infinita, de arenales, campos de mieses y aldeas, entran desligándose en nuestra visión a un lado y a otro; nubes flotando en el cielo, florecimiento de colores para cuando el día encuentre a la noche. Pasan barcos, arrojan sus redes los pescadores; las aguas hacen líquidos sones acariciadores durante todo el día; su ancha extensión se acalla en la quietud del anochecer, como un niño que se va quedando dormido, y, sobre el agua, todas las estrellas del ilimitado cielo montan guardia; luego, mientras estoy velando, las orillas dormidas a cada lado, el silencio sólo se quiebra, de vez en cuando, por un agudo grito de chacal en el bosque cercano a alguna aldea o por fragmentos que, minados por la vida corriente del Padma, se desmoronan y despeñan desde la alta ribera, cayendo al agua.

No es que el espectáculo sea siempre de un especial interés; un arenal amarillento, carente de yerba o de árbol, se extiende hasta lo lejos; una barca vacía está atada a su borde; el agua azulada, del mismo matiz que el cielo brumoso, fluye pasándome. Sin embargo, no puedo expresar lo que me conmueve de tal manera. Sospecho que las antiguas inquietudes y anhelos de mis días de infancia, gobernados por criados, ─cuando en la solitaria prisión de mis habitaciones yo me entregaba a la lectura de “Las mil y una noches” y compartía con el marinero Simbad sus aventuras en muchos países extraños─ aún no están muertos dentro de mí sino que despiertan súbitamente al ver una barca vacía atada a un arenal.

Si yo no hubiera oído cuentos de hadas ni leído “Las mil y una noches” y “Robinson Crusoe” en la infancia, estoy seguro de que las riberas lejanas, o el lado más distante de los anchos campos, no me habrían conmovido así; el mundo entero, a decir verdad, hubiera tenido un sentido diferente para mí.

¡Qué marañas de fantasías y realidades se enredan dentro del pensamiento del hombre! Las tramas diferentes ─menores y mayores de cuentos, acontecimientos e imágenes─, ¡cómo se anudan unas a otras!


SHELIDAH
10 de Agosto de 1894


Anoche me despertó un zumbido de aguas que se precipitaban ─una repentina interrupción alborotada de la corriente del río─ debido probablemente al embate de una cascadilla, cosa que ocurre con bastante frecuencia en esta estación. Los pies, sobre el maderamen del barco, se dan cuenta de la existencia de una variedad de fuerzas que trabajan bajo ellos. Ligeros temblores, pequeños balanceos, suaves ondeos y repentinas sacudidas; todo ello me tiene en contacto permanente con el pulso de la corriente fluidora.

Debió producirse alguna repentina conmoción en la noche para que despidiera a la corriente presurosa. Me levanté y me senté junto a la ventana. Una luz neblinosa hacía que el turbulento río pareciera más revuelto que nunca. El cielo estaba manchado de nubes. El reflejo de una gran estrella, enorme, se estremecía sobre las aguas como si fuera una ardiente desgarradura de dolor. Ambas riberas aparecían vagas con el empañamiento del sueño y entre ellas estaba esta loca inquietud desvelada que seguía corriendo y corriendo sin pararse a pensar en las consecuencias.

El contemplar una escena como ésta en medio de la noche, le hace a uno sentirse del todo una persona diferente y pensar que la vida a la luz del sol es sólo una ilusión. Después, nuevamente, con la mañana, ese mundo de medianoche se despintaba convirtiéndose en país de ensueño y se desvanecía en el aire. Los dos son bien diferentes y, sin embargo, los dos son verdad para el hombre.

El mundo del día me parece como la música europea, sus acordes y cacofonías revolviéndose unos a otros en una gran progresión de armonía. El mundo de la noche, como la música india; pura melodía desligada, grave y penetrante. Aunque su contraste sea tan marcado, las dos nos conmueven profundamente. Este principio de lo opuesto está en la misma raíz de la creación que se encuentra dividida entre el reinado del Rey y de la Reina; de la Noche y del Día; el Uno y el Vario; el Eterno y el Evolucionador.

Nosotros, los indios, estamos bajo el reinado de la Noche. Estamos sumergidos en lo Eterno y en el Uno. Nuestras melodías son para ser cantadas a solas, a sí mismos; nos sacan del mundo cotidiano a la soledad de lo aislado. La música europea es para la multitud que se la lleva, bailando por los montes y los valles de las alegrías y las penas de los hombres.


Rabindranath Tagore
cartas del libro “Entrevisiones de Bengala”

4 comentarios:

Martikka dijo...

Tagore...Lo descubrí a los 16 años más o menos, y quedé completamente deslumbrada. De vez en cuando, vuelvo a él como se vuelve a una fuente...


Gracias por el magnífico aporte!

Alejandro Laurenza dijo...

Lindas palabras, Martikka. Te mando un abrazo.

Anónimo dijo...

hola, en mi adolescencia me gustaba releer "El cartero del rey" y sus frases, la que más recuerdo dice "Si de noche lloras por el sol, tus lágrimas te imedirán ver las estrellas". Gracias por este acercamiento.
susana rozas

Alejandro Laurenza dijo...

Gracias a vos, Susana, por pasar. Un abrazo.