Motivado quizá por la inminente publicación de mi primera novela, retomé la escritura de lo que será la segunda, dejada en stand by durante largo tiempo. Vuelvo a levantarme temprano por la mañana, a esas horas en que me siento más productivo, y donde la casa, sumida aún en el silencio, me recibe tranquila, y me ve trabajar en la mesa redonda de la cocina (de plástico, provisoria), moviendo los dedos sobre la netbook, y tomando algún mate de vez en cuando para acabar de despertarme.
Los primeros días fueron de lectura. Debía recuperar el hilo de lo ya contado: no sólo historias y personajes tendrían que volver a mi memoria, sino también el tono de la narración, que no es uno en este caso, sino dos. Dos tonos para dos historias que se desarrollan en paralelo, y que prometen cruzarse de manera trágica, no sin antes mantener cierto suspenso que intentará hacerlas interesantes.
Un muchacho nacido y crecido en un barrio marginal, por un lado, arrojado por las circunstancias, y por las propias decisiones, a la delincuencia. Unas familias de clase media, por otro, atravesadas sus vidas por ciertos hechos inesperados, como puede ser un embarazo a edades tempranas para el ámbito en que se desarrollan.
La técnica de escritura es similar a la de la novela anterior: los personajes recuerdan desde diferentes lugares del tiempo, los sucesos aparecen de manera desordenada, y se van uniendo, poco a poco, para dar coherencia al relato final.
Me siento bien ahora. Escribir me hace sentir bien. Estoy bajo el influjo de la emoción creadora, cuyos resultados podrán ser mejores o peores, pero que siempre es agradecida por el cuerpo. Se los aseguro.
miércoles, 20 de febrero de 2013
martes, 1 de enero de 2013
Dos años
Pasaron dos años desde que tomé la decisión de ganarme la vida con la literatura, o por lo menos intentarlo. Claro que ese intento no iba a ser liviano. No se trataba de probar un poco, como quien se acerca tímidamente a un pasatiempo o como quien lanza una ficha al azar sobre el paño angustiante de una ruleta impredecible. No. Había que dejarlo todo. Había que poner el cuerpo y la piel por aquello que a uno lo apasiona, y que no lo mantiene indeferente entre la multitud de frivolidades que decoran la existencia.
Había que curtirse también, soportar las miradas complacientes, aceptarse un niño que se anima a hacer algo distinto, sin tener a la mano prueba alguna de que lo que hace sirva para algo. Había que desprenderse del utilitarismo habitual.
Y en estos dos años hubo de todo. El primero fue dífícil, dominado por la incertidumbre, esperando que cada mes resultara algo mejor que el anterior. Publiqué Soy Culpable, mi cuarto libro de poesía, edité por tercera vez El diario de Toba, e intenté sin éxito hacerle un hueco por la vía tradicional a mi primera novela. Sin embargo, alcanzó su fin lleno de promesas: el mes de diciembre fue récord de venta de libros en la calle, a la manera de siempre, persona a persona.
Este último año, en cambio, ya no estuvo signado por la incertidumbre, sino por la estabilidad e incluso el crecimiento. El promedio de venta mensual subió muchísimo, ubicándose por encima del récord antes mencionado.
Falta, todavía falta. Pero lo que antes era sueño, se convirtió ahora en realidad palpable. No es lo mismo seguir construyendo sobre la base de cimientos seguros (si es que podemos hablar de algo seguro en esta vida) que tejer ilusiones sin saber dónde uno se encuentra, ni dónde pisa, ni cuáles serán las justificaciones que deberá darse a sí mismo ante el fracaso posible.
Publiqué entonces Los cuentos de Toba, mi segundo libro infantil. Agoté casi su primera tirada de 2000 ejemplares y preparé la segunda edición, esta vez de 4000 (la más ambiciosa desde que me hube iniciado en esta aventura de plasmar en papel los frutos de mi aprendizaje literario). Reedité también Soy Culpable, con una tirada de 2000 ejemplares, habiendo sido la primera de 1000. Quise reeditar Maldita Conciencia, agotado en el transcurso de este mismo período, pero no me alcanzaron los tiempos ni el dinero. En los próximos meses conseguirá seguramente su espacio, al igual que un nuevo libro infantil que tengo entre manos para los más chiquitos, y la bendita novela que ya debe andar por su segundo o tercer aniversario desde que le pusiera el punto final y completara la larga secuencia de correcciones, inestimable en estos casos.
Así, tenemos trabajo asegurado para el año que se acaba de iniciar. Los resultados podrán acompañar o no, ya lo veremos, pero no claudicará el esfuerzo.
Había que curtirse también, soportar las miradas complacientes, aceptarse un niño que se anima a hacer algo distinto, sin tener a la mano prueba alguna de que lo que hace sirva para algo. Había que desprenderse del utilitarismo habitual.
Y en estos dos años hubo de todo. El primero fue dífícil, dominado por la incertidumbre, esperando que cada mes resultara algo mejor que el anterior. Publiqué Soy Culpable, mi cuarto libro de poesía, edité por tercera vez El diario de Toba, e intenté sin éxito hacerle un hueco por la vía tradicional a mi primera novela. Sin embargo, alcanzó su fin lleno de promesas: el mes de diciembre fue récord de venta de libros en la calle, a la manera de siempre, persona a persona.
Este último año, en cambio, ya no estuvo signado por la incertidumbre, sino por la estabilidad e incluso el crecimiento. El promedio de venta mensual subió muchísimo, ubicándose por encima del récord antes mencionado.
Falta, todavía falta. Pero lo que antes era sueño, se convirtió ahora en realidad palpable. No es lo mismo seguir construyendo sobre la base de cimientos seguros (si es que podemos hablar de algo seguro en esta vida) que tejer ilusiones sin saber dónde uno se encuentra, ni dónde pisa, ni cuáles serán las justificaciones que deberá darse a sí mismo ante el fracaso posible.
Publiqué entonces Los cuentos de Toba, mi segundo libro infantil. Agoté casi su primera tirada de 2000 ejemplares y preparé la segunda edición, esta vez de 4000 (la más ambiciosa desde que me hube iniciado en esta aventura de plasmar en papel los frutos de mi aprendizaje literario). Reedité también Soy Culpable, con una tirada de 2000 ejemplares, habiendo sido la primera de 1000. Quise reeditar Maldita Conciencia, agotado en el transcurso de este mismo período, pero no me alcanzaron los tiempos ni el dinero. En los próximos meses conseguirá seguramente su espacio, al igual que un nuevo libro infantil que tengo entre manos para los más chiquitos, y la bendita novela que ya debe andar por su segundo o tercer aniversario desde que le pusiera el punto final y completara la larga secuencia de correcciones, inestimable en estos casos.
Así, tenemos trabajo asegurado para el año que se acaba de iniciar. Los resultados podrán acompañar o no, ya lo veremos, pero no claudicará el esfuerzo.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Los cuentos de Toba (¡segunda edición!)
Tenemos en casa la segunda edición de Los cuentos de Toba. Por ahora en reposo, hasta que se agoten los últimos ejemplares de la primera.
¿Y si empezamos a venderlos ahora?, me dice Toba. Esperá, respondo yo, no seas perro apurado. Ufa, protesta él, ¿no ves que estoy ansioso? Sí, ya veo, le digo, tenés que cultivar el don de la paciencia, además soy yo el que se camina todo para ofrecer tus libros. Entonces Toba me mira (impaciente me mira), pero se queda callado.
Así andamos, poniendo toda la energía para agotar la primera edición, y dejar contento a este perro, que está inaguantable.
¿Y si empezamos a venderlos ahora?, me dice Toba. Esperá, respondo yo, no seas perro apurado. Ufa, protesta él, ¿no ves que estoy ansioso? Sí, ya veo, le digo, tenés que cultivar el don de la paciencia, además soy yo el que se camina todo para ofrecer tus libros. Entonces Toba me mira (impaciente me mira), pero se queda callado.
Así andamos, poniendo toda la energía para agotar la primera edición, y dejar contento a este perro, que está inaguantable.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
Auspiciar un libro
¿Alguna vez pensaste en ver el logo de tu empresa en la tapa de un libro?
Si te dedicás a productos para chicos o mascotas, “Los cuentos de Toba” puede ser un buen lugar para darte a conocer, con un bajo costo.
Podés auspiciar el número de ejemplares que quieras, distribuidos en la zona de la ciudad que elijas, dentro de Gran Buenos Aires y CABA.
¿Te lo vas a perder?
Si te dedicás a productos para chicos o mascotas, “Los cuentos de Toba” puede ser un buen lugar para darte a conocer, con un bajo costo.
Podés auspiciar el número de ejemplares que quieras, distribuidos en la zona de la ciudad que elijas, dentro de Gran Buenos Aires y CABA.
¿Te lo vas a perder?
sábado, 24 de noviembre de 2012
Juan Gelman
Acerquémonos a Juan Gelman.
Mi Buenos Aires querido
Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.
Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces míos
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.
Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.
Juan Gelman
del libro “Gotán”
Arte poética
Entre tantos oficios ejerzo este que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos.
A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.
Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
Juan Gelman
del libro “Velorio del solo”
Los niños
Les agradezco estar, amanecer.
Puros, azules, limpios, asomándose detrás de
la camisa, con la sonrisa puesta, el pájaro en
su sitio, el asombro en su lugar.
Bajo sus delantales la ternura hace ruido, y
todavía crecen en el aire, en la flor, en el
cielo, en los rincones.
¡Vivan! ¡Vivan los niños y su gran campana,
tocando a muerto, a hombre, cuando crecen!
Dejad entonces, ciegos, que yo vaya a los
niños.
Juan Gelman
del libro “El juego en que andamos”
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