Paso a paso. Persona a persona. Esta semana logré vender mi libro número dos mil.
Poco tiempo hace (dos años, o tres) llegué a una conclusión por demás obvia, de esas que se dicen fácilmente, pero cuya internalización (osea de la boca para adentro) es menos sencilla.
Por un lado está la chispa, el trabajo de la creación (sea la actividad que fuere, artística o no), en el que pondremos todo nuestro empeño y capacidad; a veces más, a veces menos, cada cual tiene sus límites. Y por otro lado, y más importante aún, está la constancia, la perseverancia, o como tengamos ganas de llamarle.
Esta última, en definitiva, lo será todo. Habrá excepciones, claro, pero nunca fui afecto a los juegos de azar. Nunca confié en la Cenicienta. Y, como no confío, hago lo único que se me ocurre: voy paso a paso, persona a persona.
sábado, 21 de mayo de 2011
domingo, 15 de mayo de 2011
Vender en invierno (II)
Algo más de un año transcurrió desde que pidiera ayuda, ideas, lo que fuera, para vender mis libros en invierno. El mensaje era sencillo: podía vender en plazas durante la primavera y el verano, pero ni bien comenzaba a hacer frío, me quedaba sin campo de acción. ¿Y cómo iba a hacer entonces para vivir de la literatura?
Las propuestas recibidas fueron varias: crearme una cuenta en Facebook, ir a estaciones de trenes, visitar shoppings, escuelas, bares, cines, eventos culturales.
En fin, para todos los gustos. Y, como decía en aquel momento, cada una podía funcionar, además, como posible disparador de nuevas ideas. Sabemos que éstas suelen llegar sobre la marcha, mientras estamos trabajando: y así fue.
Un día salí a la calle para ofrecer mis libros puerta a puerta, casa a casa. Las esperanzas no eran muchas por esto de la inseguridad, y del miedo que a veces tenemos de abrirle a desconocidos. Pero bueno, como suelo creer, lo que no se intenta no se consigue (y encima nos quedamos con la duda de si podría haber funcionado).
Pocos me contestaban el timbre, y los que lo hacían sólo atinaban a decirme que no estaban interesados. ¿Cómo seguir entonces?, ¿hacia dónde? Caminé varias cuadras sin ningún resultado. Hasta que en un momento llegué a un negocio de venta al público, no recuerdo de qué rubro (almacén, panadería, ferretería; da igual), y pensé ¿por qué no?
Ahí estaba la clave. Cambié en un momento la idea original. En lugar de ofrecer mis libros casa a casa, lo haría negocio a negocio. Y pude comprobar que de esa forma era bien recibido, y hasta me compraban de vez en cuando.
Ahora, que es otoño en esta parte del mundo, salgo cada día a un barrio diferente. Mochila al hombro, algunos libros en la mano, y el agradecimiento en el rostro por estar haciendo lo que me gusta.
Y, lo que es sorprendente, ¡vendo bastante más de esta manera, que durante el verano en las plazas y parques! ¿Quién lo iba a decir?
Las propuestas recibidas fueron varias: crearme una cuenta en Facebook, ir a estaciones de trenes, visitar shoppings, escuelas, bares, cines, eventos culturales.
En fin, para todos los gustos. Y, como decía en aquel momento, cada una podía funcionar, además, como posible disparador de nuevas ideas. Sabemos que éstas suelen llegar sobre la marcha, mientras estamos trabajando: y así fue.
Un día salí a la calle para ofrecer mis libros puerta a puerta, casa a casa. Las esperanzas no eran muchas por esto de la inseguridad, y del miedo que a veces tenemos de abrirle a desconocidos. Pero bueno, como suelo creer, lo que no se intenta no se consigue (y encima nos quedamos con la duda de si podría haber funcionado).
Pocos me contestaban el timbre, y los que lo hacían sólo atinaban a decirme que no estaban interesados. ¿Cómo seguir entonces?, ¿hacia dónde? Caminé varias cuadras sin ningún resultado. Hasta que en un momento llegué a un negocio de venta al público, no recuerdo de qué rubro (almacén, panadería, ferretería; da igual), y pensé ¿por qué no?
Ahí estaba la clave. Cambié en un momento la idea original. En lugar de ofrecer mis libros casa a casa, lo haría negocio a negocio. Y pude comprobar que de esa forma era bien recibido, y hasta me compraban de vez en cuando.
Ahora, que es otoño en esta parte del mundo, salgo cada día a un barrio diferente. Mochila al hombro, algunos libros en la mano, y el agradecimiento en el rostro por estar haciendo lo que me gusta.
Y, lo que es sorprendente, ¡vendo bastante más de esta manera, que durante el verano en las plazas y parques! ¿Quién lo iba a decir?
domingo, 1 de mayo de 2011
La casa de Quiroga
Horacio Quiroga. Uruguayo de nacimiento y misionero por adopción. Considerado por muchos el mejor cuentista latinoamericano. Autor, entre otras obras, del famoso decálogo del perfecto cuentista. Marcado por la tragedia y los suicidios, hasta llegar un día al propio. Siempre al borde de la razón, haciendo equilibrio para no caerse.
Debí visitar su casa para leer luego sus Cuentos de amor de locura y de muerte, que me aguardaban desde hacía tiempo en la biblioteca. Sólo su novela Pasado amor había recorrido hasta entonces. No sé, una de esas cosas impostargables que, aún así, a veces se demoran.
Andar hoy entre el cañaveral hasta llegar a lo que fue su morada, en San Ignacio, Misiones por su puesto, nos obliga a pensar en el pasado, nos transporta.
¿Cómo era la vida entonces, cuando todo costaba más, cuando la selva era más selva, y los caminos menos caminos? ¿Cómo un hombre que podía elegir cualquier sitio donde vivir (más cómodo, más fácil) decide establecerse allí, y lleva a su esposa, y tienen hijos, y ella un día se mata (cansada de querer irse y no poder), y entonces él se muda a Buenos Aires, y años más tarde se vuelve a casar y nace otra hija, y regresa con ellas a aquel paraje, hasta que ambas lo abandonan (cansadas también de querer irse), y él queda solo, presa de un cancer de próstata que lo va acabando poco a poco, hasta que no puede más y se deja viajar nuevamente a Buenos Aires para que lo traten, y para poner luego, él mismo, el último punto a su historia?
Pero esta entrada no tiene pretensiones biográficas, ni mucho menos de repaso de una obra literaria que apenas comienzo a conocer. Sólo quiere mostrar el sitio que enamoró a Quiroga, y marcó definitivamente su vida.
En la foto de arriba se puede ver una réplica de la que fue su primera casa. En la del centro se aprecia la segunda, original, construida por las manos del mismo Quiroga. En la última foto se ve el paisaje: ese que habrá saludado cada mañana al despertar, con el río Paraná allá abajo, y la costa de Paraguay al otro lado.
viernes, 22 de abril de 2011
Auspiciantes, se buscan
Los libros no llevan publicidad. No suelen llevarla. Aunque hay excepciones: pocas, muy pocas. Y entonces uno se pregunta ¿por qué no? Y la respuesta está implícita. La literatura, como toda actividad artística, intenta ser inmaculada, pretende mantenerse a salvo de los vaivenes no siempre limpios del mercado.
Pero los libros se venden, dirán algunos, no están a salvo del mercado. Eso es distinto, retrucarán otros, el artista permanece al margen (¿al margen?). Y así podremos inciar una discusión que probablemente no acabaría nunca.
Quizá algún desperevenido meta en el medio al periodismo: ¿acaso el buscador incansable de la verdad no acepta que haya avisos publicitarios al lado de sus incansables y verdaderos artículos, ya sea en periódicos o revistas? No son tan incansables ni tan verdaderos, opinarán los más excépticos. Hay de todo, los defenderé yo, mezclándome en el debate, como quien no quiere la cosa; existen momentos para escribir (literatura, periodismo, lo que sea), para ser honesto con el propio espíritu, y momentos para lanzarse a la impureza del mercado, intentando generar así nuevas ocasiones para escribir, y volver a ser honesto con el propio espíritu.
Al grano, reclamarán ustes, que a esta altura ya están cansados de tanta palabrería, ¿estás buscando auspiciantes?, ¿vas poner avisos publicitarios en tus libros?, ¿dónde? Sí, responderé yo, con cierta desvergüenza, destinaré dos o tres páginas al principio del libro, vamos a ver si resulta. Hmm, dudarán ustedes con razón, ¿no te alcanza con salir vos mismo a vender tus libros? Alcanzar me alcanza, volveré a responder, pero con lo justo, y mi intención es vivir de la literatura, y no estar con la soga al cuello cuando llegan los últimos días del mes. Está bien, quizá concedan ustedes, pero después bancate el desprestigio. ¿Qué desprestigio, contestaré con insolencia, si no tengo ningún prestigio que pueda ser desprestigiado? Y tal vez dejemos ahí la conversación.
Así que ya saben. Auspiciantes, se buscan. Si sospechan de alguien que pueda interesarse, le pasan la dirección de este blog. Gracias muchas.
Pero los libros se venden, dirán algunos, no están a salvo del mercado. Eso es distinto, retrucarán otros, el artista permanece al margen (¿al margen?). Y así podremos inciar una discusión que probablemente no acabaría nunca.
Quizá algún desperevenido meta en el medio al periodismo: ¿acaso el buscador incansable de la verdad no acepta que haya avisos publicitarios al lado de sus incansables y verdaderos artículos, ya sea en periódicos o revistas? No son tan incansables ni tan verdaderos, opinarán los más excépticos. Hay de todo, los defenderé yo, mezclándome en el debate, como quien no quiere la cosa; existen momentos para escribir (literatura, periodismo, lo que sea), para ser honesto con el propio espíritu, y momentos para lanzarse a la impureza del mercado, intentando generar así nuevas ocasiones para escribir, y volver a ser honesto con el propio espíritu.
Al grano, reclamarán ustes, que a esta altura ya están cansados de tanta palabrería, ¿estás buscando auspiciantes?, ¿vas poner avisos publicitarios en tus libros?, ¿dónde? Sí, responderé yo, con cierta desvergüenza, destinaré dos o tres páginas al principio del libro, vamos a ver si resulta. Hmm, dudarán ustedes con razón, ¿no te alcanza con salir vos mismo a vender tus libros? Alcanzar me alcanza, volveré a responder, pero con lo justo, y mi intención es vivir de la literatura, y no estar con la soga al cuello cuando llegan los últimos días del mes. Está bien, quizá concedan ustedes, pero después bancate el desprestigio. ¿Qué desprestigio, contestaré con insolencia, si no tengo ningún prestigio que pueda ser desprestigiado? Y tal vez dejemos ahí la conversación.
Así que ya saben. Auspiciantes, se buscan. Si sospechan de alguien que pueda interesarse, le pasan la dirección de este blog. Gracias muchas.
lunes, 18 de abril de 2011
Bookcrossing
Bookcrossing es un movimiento internacional de difusión de libros. Una persona cualquiera puede tomar un libro también cualquiera, registrarlo en la página de internet y, luego de identificarlo debidamente con las etiquetas y el número obtenido durante el registro, liberarlo para que comience la cadena de lectura.
La liberación puede ser en la jungla (es decir en un bar, en el banco de una plaza, en una estación de tren o donde a uno se le ocurra), como también puede ser controlada (entregándoselo en mano a una persona elegida).
Quien encuentra o recibe un libro, ingresa a la página de Bookcrossing (en condiciones ideales de buena voluntad) para informar en su ficha el estado actual (recordemos que cada libro tiene un número único), pasando por ejemplo de Liberado a Pendiendiente de Lectura.
Luego de ser leído se modifica otra vez el estado, y se efectúa la correspondiente liberación, dando inicio a un nuevo ciclo. En todo momento es posible, además, dejar comentarios o impresiones acerca del libro que llegó a nuestras manos.
En lo personal, había oído hablar de este movimiento, pero recién tuve mi bautismo hace un par de meses, cuando me acerqué en Palermo a ofrecer mis libros a un grupo de chicos practicantes (o BCeros, como gustan llamarse).
Mi inicio fue con Un mundo feliz de Aldous Huxley, que hacía tiempo tenía ganas de leer. Entonces decidí participar con mis propios libros, osea aquellos de los que soy autor, liberando casi cuarenta ejemplares que hoy se encuentran quién sabe dónde.
La liberación puede ser en la jungla (es decir en un bar, en el banco de una plaza, en una estación de tren o donde a uno se le ocurra), como también puede ser controlada (entregándoselo en mano a una persona elegida).
Quien encuentra o recibe un libro, ingresa a la página de Bookcrossing (en condiciones ideales de buena voluntad) para informar en su ficha el estado actual (recordemos que cada libro tiene un número único), pasando por ejemplo de Liberado a Pendiendiente de Lectura.
Luego de ser leído se modifica otra vez el estado, y se efectúa la correspondiente liberación, dando inicio a un nuevo ciclo. En todo momento es posible, además, dejar comentarios o impresiones acerca del libro que llegó a nuestras manos.
En lo personal, había oído hablar de este movimiento, pero recién tuve mi bautismo hace un par de meses, cuando me acerqué en Palermo a ofrecer mis libros a un grupo de chicos practicantes (o BCeros, como gustan llamarse).
Mi inicio fue con Un mundo feliz de Aldous Huxley, que hacía tiempo tenía ganas de leer. Entonces decidí participar con mis propios libros, osea aquellos de los que soy autor, liberando casi cuarenta ejemplares que hoy se encuentran quién sabe dónde.
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