lunes, 4 de noviembre de 2013

10.000

No estaba seguro de escribir esta entrada. Se me pasó un poco el entusiasmo por los números redondos. Me gusta alcanzarlos, no lo niego, pero comunicarlo me produce menos alegría que antes.

Lo curioso es que esta vez llegué a los diez mil ejemplares vendidos. Una meta que supe fijarme hace largo tiempo, y que repetí para mí mismo como un mantra, como una obsesión incuestionable.

Al final se concretó. Disfruté bastante trabajando para que sucediera, y lo seguiré haciendo. Estableceré ahora nuevas metas que me obliguen a mantenerme en movimiento.

sábado, 12 de octubre de 2013

Encuentros (VI)

Cosas que pasan en la calle, en relación a los libros.

VI

El tipo se hace el canchero. Hace treinta y cinco años que tengo librería, dispara, y ya no pago más por adelantado, estoy viejo para eso. Ni a vos ni a Planeta, concluye.

Planeta, argumento en vano yo, tiene el capital suficiente para consignar libros por toda la ciudad. Aunque me quedo corto: consigna en la ciudad, en la provincia, en el país, en el mundo.

Paciencia, me alentaré más tarde, no todos los encuentros pueden ser placenteros, el próximo será mejor.

jueves, 3 de octubre de 2013

La doctora Cole

Estoy leyendo La doctora Cole, de Noah Gordon, el tercer y último libro de una saga familiar que comienza con El médico, situado en la edad media y del que ya hablé en este mismo espacio. Chamán, desarrollado en el sigo XIX, constituye el eslabón intermedio.

Aunque La doctora Cole es un tanto más flojo que los anteriores, no deja de ser un buen libro. Sin embargo, lo que motiva esta entrada no es una estricta valoración literaria (siempre subjetiva, por cierto) sino la extracción de un párrafo que consiguió sorprenderme por su implacable actualidad.

Mientras a Obama le rechazan el presupuesto, y le cierran la administración pública, por atreverse a reformar el sistema de salud estadounidense, dando cobertura a todos los ciudadanos, esto decía Gordon a través del pensamiento de sus personajes, hace casi veinte años, en una historia que transcurre durante la presidencia de Bill Clinton.

Fue una experiencia frustrante. Todo el mundo reconocía que el sistema nacional de asistencia sanitaria era ineficaz, elitista y demasiado caro. El plan más sencillo, y el más eficiente en proporción al coste, era el sistema utilizado por otras naciones desarrolladas: el Gobierno cobraba impuestos y pagaba la asistencia a todos los ciudadanos. Pero aunque el capitalismo norteamericano proporciona los mejores aspectos de la democracia, también proporciona los peores, entre otros los cabilderos a sueldo que ejercen enormes presiones sobre el Congreso para proteger los pingües beneficios de la industria de la salud. El inmenso ejército de cabilderos representaba a compañías de seguros privadas, clínicas, hospitales, la industria farmacéutica, grupos de médicos, sindicatos de empleados, asociaciones profesionales, grupos que querían el aborto gratuito, grupos que se oponían al aborto, ciudadanos de la tercera edad.

La lucha por el dinero era sucia y mezquina, y no resultaba agradable contemplarla. Algunos republicanos reconocían que querían torpedear el proyecto de ley de asistencia sanitaria porque, si se aprobaba, favorecería la reelección del presidente. Otros republicanos se declaraban partidarios de la asistencia médica universal, pero prometían luchar a muerte contra cualquier aumento en los impuestos y contra todo intento de que los empresarios financiaran el seguro médico. Algunos demócratas que se presentaban a la reelección y dependían de la ayuda económica de los cabilderos, hablaban exactamente como los republicanos.



—¿Qué va a ocurrir, Gwen?
—Que al final, a fuerza de errores, acabarán montando un sistema viable, después de años y años de tiempo perdido, de salud perdida, de vidas perdidas. Pero el mero hecho de que Bill Clinton haya tenido el valor de hacerles enfrentarse al problema ya ha empezado a cambiar las cosas.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Encuentros (V)

Cosas que pasan en la calle, en relación a los libros.

V

—Laurenza —me recibió—, tanto tiempo. Te sigo por Facebook.

Pasaron unos dos años desde la última vez que estuve. Oficina de seguros en San Isidro. Aquella vez me compró El diario de Toba para el hermanito que vive en Misiones, de donde ella vino. Ahora se quedó con el segundo.

—A la gente le gustan tus libros —deslizó, y esa frase fue un descrubrimiento para mí. No es lo mismo recibir comentarios aislados, por aquí y por allá, que escuchar de pronto semejante declaración.

Me dejó pensando. No es orgullo lo que sentí o siento. Es cierta gratitud, como si después de dedicarme durante casi tres años a los libros, como única actividad laboral, me hubiera llegado al fin esa cuota de reconocimiento que anhelaba (que la mayoría de las personas anhela) para vivir en paz.

sábado, 21 de septiembre de 2013

El porvenir es una ilusión

Una historia de amistad y lealtades en los agitados años setenta. La militancia, los sueños, las posiciones extremas, los errores. La cacería de brujas.

Horacio Beascochea va, sin embargo, más allá. Nos cuenta con buena pluma, rebosante de nostalgia y poesía, las esperanzas de un pueblo de inmigrantes, enclavado en el medio de la llanura pampeana, supeditadas a los caprichos del ferrocarril, de la industria maderera y de la ciudad capital, que parece decretar su ocaso como un contrapunto previsible y certero.

El gato maulla a mi alrededor, en desacuerdo conmigo. Le rasco la cabeza y ronronea. Se echa a mis pies y se queda mirándome fijo. Me atrevo a leer en su mirada una solidaridad tácita, una tregua necesaria que deja las preguntas en el pasado y me sirve de sostén para comenzar de nuevo.