Como sucedió primero con Libertad y otras yerbas, se agota ahora Maldita Conciencia, el cual iba ya por su segunda edición. Es este un libro bastante especial para mí, dado que me ayudó a creer en que vivir de la literatura es posible, o al menos estableció las bases para que el intento no fuera del todo descabellado.
Además, tuvo siempre un buen recibimiento por parte de la gente, y al día de hoy, hay quienes lo siguen prefieriendo (durante la elección mano a mano que se produce segundos antes de la compra) por encima de Soy Culpable, su sucesor dentro del género poesía.
Es que con él, creo haber alcanzado un pequeño escalón de madurez literaria, que suele ser insuficiente, claro, pero aún así inestimable. Aprender se aprende todo los días, sin embargo hay pasos que son también como hitos, o modestas banderas que se plantan como recuerdo de que pretendemos seguir avanzando.
Entiendo que, aunque a los fines prácticos pueda arreglármelas más o menos bien sin su presencia, se merece por lo dicho antes continuar vivo en papel. Así que es probable que a lo largo de este año planifique su edición número tres. Mientras tanto, mantiene su batalla en Amazon, respirando allí en formato electrónico.
lunes, 5 de marzo de 2012
lunes, 27 de febrero de 2012
Vivir para contarla
Compartiré algunos pasajes, durante dos o tres entradas, que me resultaron particularmente significativos de la autobiografía de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla. Allí se explaya, entre muchas otras cosas, acerca de la dificultad que supuso dedicarse a la literatura, habiendo abandonado su carrera universitaria, y recurriendo al periodismo como actividad principal para ganarse a duras penas la vida.
Desde el principio de la conversación me sentí ante el doctor con la misma edad que tenía cuando le hacía burlas por la ventana, de modo que me intimidó cuando se dirigió a mí con la seriedad y el afecto con que le hablaba a mi madre. Cuando era niño, en situaciones difíciles, trataba de disimular mi ofuscación con un parpadeo rápido y continuo. Aquel reflejo incontrolable me volvió de pronto cuando el doctor me miró. El calor se había vuelto insoportable. Permanecí al margen de la conversación por un rato, preguntándome cómo era posible que aquel anciano afable y nostálgico hubiera sido el terror de mi infancia. De pronto, al cabo de una larga pausa y por cualquier referencia banal, me miró con una sonrisa de abuelo.
—Así que tú eres el gran Gabito —me dijo—. ¿Qué estudias?
Disimulé la ofuscación con un recuento espectral de mis estudios: bachillerato completo y bien calificado en un internado oficial, dos años y unos meses de derecho caótico, periodismo empírico. Mi madre me escuchó y enseguida buscó el apoyo del doctor.
—Imagínese, compadre —dijo—, quiere ser escritor.
Al doctor le resplandecieron los ojos en el rostro.
—¡Qué maravilla, comadre! —dijo—. Es un regalo del cielo —Y se volvió hacia mí—: ¿Poesía?
—Novela y cuento —le dije, con el alma en un hilo. El se entusiasmó:
—¿Leíste Doña Bárbara?
—Por supuesto —le contesté—, y casi todo lo demás de Rómulo Gallegos.
....
—No sé cómo escribes —me dijo—, pero ya hablas como escritor.
Mi madre se apresuró a explicar la verdad: nadie se oponía a que fuera escritor, siempre que hiciera una carrera académica que me diera un piso firme. El doctor minimizó todo, y habló de la carrera de escritor. También él hubiera querido serlo, pero sus padres, con los mismos argumentos de ella, lo obligaron a estudiar medicina cuando no lograron que fuera militar.
—Pues mire usted, comadre —concluyó—. Médico soy, y aquí me tiene usted, sin saber cuántos de mis enfermos se han muerto por la voluntad de Dios y cuántos por mis medicinas.
Mi madre se sintió perdida.
—Lo peor —dijo— es que dejó de estudiar derecho después de tantos sacrificios que hicimos por sostenerlo.
Al doctor, por el contrario, le pareció la prueba espléndida de una vocación arrasadora: la única fuerza capaz de disputarle sus fueros al amor. Y en especial la vocación artística, la más misteriosa de todas, a la cual se consagra la vida íntegra sin esperar nada de ella.
—Es algo que se trae dentro desde que se nace y contrariarla es lo peor para la salud —dijo él. Y remató con una encantadora sonrisa de masón irredimible—: Así sea la vocación de cura.
Me quedé alucinado por la forma en que explicó lo que yo no había logrado nunca. Mi madre debió compartirlo, porque me contempló con un silencio lento, y se rindió a su suerte.
—¿Cuál será el mejor modo de decirle todo esto a tu papá? —me preguntó.
—Tal como acabamos de oírlo —le dije.
—No, así no dará resultado —dijo ella. Y al cabo de otra reflexión, concluyó—: Pero no te preocupes, ya encontraré una buena manera de decírselo.
Gabriel García Márquez
fragmentos del libro “Vivir para contarla”
lunes, 13 de febrero de 2012
Por el sur
Hace años (tantos que El señor de los anillos todavía no era película) escribí este pequeño relato. Hoy tengo ganas de compartirlo.
Por el sur
Estás acá, flaco, solo, solo pero acompañado. Las incesantes gotas se dejan oír sobre la tela. El viento ya no sopla, no hay un pájaro que cante. Y a los pies, seguramente, el espejo/lago nada tiene por mostrar (ni podría aunque tuviera).
El viejo Lanín sigue jugando al escondite. Sólo una vez se hizo ver. Comenzás a pensar que es un problema con vos, con ustedes, o quizá sea más tímido de lo que parece.
Un arroyo sin nombre (por desconocimiento más que por carencia) murmura a lo lejos. O, mejor dicho, murmuraba. Ahora un motor (vaya a saber de qué) acalla su delicada voz.
El hombre de los baños mantiene encendidas las calderas, arroja un leño tras otro. Nunca deben apagarse. De nueve a veintitrés su vida transcurre para ello: su vida se pierde por ello.
Tolkien descansa a un lado del colchón inflable, ya no ocupa los paisajes de tu mente. Y vos seguís acá, acompañado, acompañado pero solo. Tu princesa mantiene la distancia. Un abrazo no alcanza a calmar su enojo. Y perdón no sale de tu boca, porque creés no estar equivocado.
Alejandro Laurenza
domingo, 22 de enero de 2012
El poder de la atracción
Un día un amigo me prestó esa especie de documental llamado El secreto, que básicamente habla del poder de la atracción que tendría la mente del hombre, y que le permitiría alcanzar (o hasta convertirse él mismo) aquello en lo que más piensa. Intercalando testimonios de personas que dicen vivir cada día utlizando de manera consciente ese poder de atracción (nombrado una y otra vez, justamente, como el secreto), con escenas ejemplificadoras y citas (encajadas con más o menos acierto) de personajes de peso de la historia, consigue al menos sembrar la duda (y el deseo de probarlo) en el espectador.
Visto en este caso por un bicho raro (que vengo a ser yo), de esos que por un lado creen que cualquier cosa es posible, que la vida es tan amplia y sabemos tan poco de ella que difícilmente seamos capaces de negar nada; pero que al mismo tiempo cuando llega la hora de creer o no creer, de hacerlo con el cuerpo entero y ya no con los divagues pretenciosos del raciocinio, se inclina casi siempre por la segunda opción, tal como dejé sentado alguna vez en este espacio.
Visto por un bicho raro, decía, que se encontraba casualmente (desde varios años ya) intentando cambiar de vida, sabiendo que no deseaba seguir analizando sistemas ni programando computadoras, mientras hacía catarsis por las mañanas o las noches sobre un papel cualquiera, dando lugar a poemas de cierta contundencia como La crisis, pero que, sin embargo, no se le ocurría (o no se animaba) plantearse que ese cambio podría estar dado por los mismos papeles que solía garabatear; en fin, sorprendido con la guardia baja, puede asirse (pudo asirse) a cualquier fragmento de esperanza: incluso a la posibilidad de vivir de sus propios escritos.
Llevaba en aquella época sólo dos libros independientes publicados (Silencios de un Mundo y Libertad y otras yerbas), vendidos esporádicamentes en parques y plazas cuando el estudio y demás obligaciones autoimpuestas me lo permitían, y una acumulación de más de cinco años de nuevos poemas que no reclamaban en lo más mínimo ver la luz. Y fue entonces cuando se encendió la llama, esa que ahora trato de alimentar todos los días, sin tanto pensamiento inúltil, y que me llevó a publicar Maldita Conciencia.
Este nuevo libro, tomado no sólo como el fruto de un soñador que deja testimonio de su sencillo paso, sino también como prueba de un futuro posible, distinto y posible, me dejó con la boca abierta ya en los primeros días de salir a ofrecerlo. Cuando antes alcanzaba, como una exageración, a vender cuarenta o cincuenta ejemplares al mes, podía ahora duplicar la cifra con facilidad.
¿Pero qué había cambiado? ¿No era yo el mismo muchacho que salía a la plaza, luego de su jornada de trabajo habitual, o que se iba al parque los días sábados y domingos? ¿Puede la convicción modificar los resultados de manera tan radical? ¿Existe realmente el poder de la atracción, o se trata sólo del optimismo focalizado?
No tengo respuestas, como para casi todo. Pero lo cierto es que después de aquel primer click, cuando me propuse con seriedad vivir de mis libros, los avatares de la vida diaria dieron un vuelco.
Continué mi camino. Escribí por casualidad un libro infantil narrado por un perro, El diario de Toba, que no sólo me llenó de alegría mientras le daba forma, sino que además aumentó considerablemente las ventas, ya que apuntaba a un público distinto, es decir los niños, con quienes los adultos reparamos menos en gastos. Insisto, fue casualidad (¿o acaso atracción?): no pensaba escribir para chicos, pero surgió.
Hoy, con el poemario Soy Culpable publicado hace pocos meses, que aprendió pronto a dar más frutos que el anterior, sigo oscilando entre creer y no creer, entre creer o reventar, mientras quintuplico las ventas mensuales de aquellos tiempos lejanos (cuatro años pasaron ya), antes de hacer en mi cabeza el mencionado click, antes de sospechar siquiera que alguien pudiera hablar de la atracción posible de la mente.
Visto en este caso por un bicho raro (que vengo a ser yo), de esos que por un lado creen que cualquier cosa es posible, que la vida es tan amplia y sabemos tan poco de ella que difícilmente seamos capaces de negar nada; pero que al mismo tiempo cuando llega la hora de creer o no creer, de hacerlo con el cuerpo entero y ya no con los divagues pretenciosos del raciocinio, se inclina casi siempre por la segunda opción, tal como dejé sentado alguna vez en este espacio.
Visto por un bicho raro, decía, que se encontraba casualmente (desde varios años ya) intentando cambiar de vida, sabiendo que no deseaba seguir analizando sistemas ni programando computadoras, mientras hacía catarsis por las mañanas o las noches sobre un papel cualquiera, dando lugar a poemas de cierta contundencia como La crisis, pero que, sin embargo, no se le ocurría (o no se animaba) plantearse que ese cambio podría estar dado por los mismos papeles que solía garabatear; en fin, sorprendido con la guardia baja, puede asirse (pudo asirse) a cualquier fragmento de esperanza: incluso a la posibilidad de vivir de sus propios escritos.
Llevaba en aquella época sólo dos libros independientes publicados (Silencios de un Mundo y Libertad y otras yerbas), vendidos esporádicamentes en parques y plazas cuando el estudio y demás obligaciones autoimpuestas me lo permitían, y una acumulación de más de cinco años de nuevos poemas que no reclamaban en lo más mínimo ver la luz. Y fue entonces cuando se encendió la llama, esa que ahora trato de alimentar todos los días, sin tanto pensamiento inúltil, y que me llevó a publicar Maldita Conciencia.
Este nuevo libro, tomado no sólo como el fruto de un soñador que deja testimonio de su sencillo paso, sino también como prueba de un futuro posible, distinto y posible, me dejó con la boca abierta ya en los primeros días de salir a ofrecerlo. Cuando antes alcanzaba, como una exageración, a vender cuarenta o cincuenta ejemplares al mes, podía ahora duplicar la cifra con facilidad.
¿Pero qué había cambiado? ¿No era yo el mismo muchacho que salía a la plaza, luego de su jornada de trabajo habitual, o que se iba al parque los días sábados y domingos? ¿Puede la convicción modificar los resultados de manera tan radical? ¿Existe realmente el poder de la atracción, o se trata sólo del optimismo focalizado?
No tengo respuestas, como para casi todo. Pero lo cierto es que después de aquel primer click, cuando me propuse con seriedad vivir de mis libros, los avatares de la vida diaria dieron un vuelco.
Continué mi camino. Escribí por casualidad un libro infantil narrado por un perro, El diario de Toba, que no sólo me llenó de alegría mientras le daba forma, sino que además aumentó considerablemente las ventas, ya que apuntaba a un público distinto, es decir los niños, con quienes los adultos reparamos menos en gastos. Insisto, fue casualidad (¿o acaso atracción?): no pensaba escribir para chicos, pero surgió.
Hoy, con el poemario Soy Culpable publicado hace pocos meses, que aprendió pronto a dar más frutos que el anterior, sigo oscilando entre creer y no creer, entre creer o reventar, mientras quintuplico las ventas mensuales de aquellos tiempos lejanos (cuatro años pasaron ya), antes de hacer en mi cabeza el mencionado click, antes de sospechar siquiera que alguien pudiera hablar de la atracción posible de la mente.
lunes, 9 de enero de 2012
Más libros en Amazon
Si Maldita Conciencia hizo las veces de prueba piloto en Amazon, la suma de dos nuevos libros electrónicos quizá me permita afianzarme en esta plataforma. Se trata de los títulos Soy Culpable y Libertad y otras yerbas.Es cierto que por el momento los resultados fueron magros en términos de unidades vendidas (tal vez, entre otras cosas, porque la poesía suele tener dificultades mayores a la hora de hacerse un espacio), pero aún así considero interesante contar con esta alternativa. No debemos olvidar que por un lado nos permite acceder, en forma de libro, al mundo entero; y, por otro, parece constituirse como un modo cierto de lectura a futuro (aunque seguramente no vaya a ser el único).
En Argentina casi no se ven todavía por la calle lectores Kindle, (o similares, abocados sólo a libros, bajo el sistema de tinta electrónica) y hasta diría en los comercios que deberían proveerlos; sin embargo eso no quita que, más tarde o más temprano, empiecen a utilizarse, como sucede en otros países.
Así que ya saben, cuando lo deseen podrán encontrar estos libros en mi perfil de Amazon.
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