sábado, 30 de octubre de 2010

Carta abierta

En el año 2004, con un Nestor Kirchner recientemente asumido, al que casi no conocía ni había votado (por ese mismo desconocimiento) pero que de alguna forma conseguía intuir, le escribí esta carta abierta que hice circular entre mis contactos de mail.

Allí hablaba de varios temas: exclusión, trabajo, inseguridad, pobreza, pero fundamentalmente hablaba de educación, que creía (y sigo creyendo) conforma el eje principal de un país.

Y si bien luego, durante el ejercicio de su gobierno y el de Cristina, estuve por momentos a favor de sus políticas y en otros en contra (incluso a veces influenciado por ciertos medios ruines y tergiversadores), me parece justo reconocer que en mucho de lo que yo pedía estamos bastante mejor hoy que hace siete años.

¿Se podría haber trabajado de otra forma? ¿Se podría haber conseguido más? Sí, por supuesto. Todo es perfectible. Pero lo importante es que se hizo, que se trabajó.

No es mi intención enumerar ahora las decisiones que me animé a aplaudir a los largo de estos años. Prefiero quedarme sólo con una, a modo de ejemplo: haber elevado el presupuesto educativo del tres por ciento del PBI al seis, es decir nada menos que al doble. ¿Cuántos gobiernos se pueden jactar de lo mismo?

Tal vez parezca que esta carta no viene al caso, que sobra, pero creo que alcanza a reflejar (sin proponérselo entonces) la diferente realidad de aquellos tiempos.

Carta abierta a Nestor Kirchner

Sr. Presidente

Soy un joven ciudadano de este, nuestro país. Durante mucho tiempo fui perdiendo cada una de mis confianzas, fui vaciando mi corazón de toda fe; y llegué a convencerme de que quien busca el sitio que hoy a usted le toca, no lo hace más que por ambición personal, y que poco le importa el pueblo que hasta allí lo llevó.

Aprendí que esa ambición lo despoja de orgullo, de dignidad, y que es capaz de venderse cuantas veces necesite para alcanzar el anhelado poder. Supe también que al cumplir su sueño no sólo su alma entregará a los intereses extranjeros, a los supercapitales nacionales, y a todos los etcéteras que se nos ocurran, sino también la nuestra. Tuve que aceptar que un pueblo ignorante es fácil de manejar y que, por eso mismo, muchas de sus políticas apuntarán a la estupidización general, abaratando así el costo de posteriores candidaturas.

A pesar de todo, sr. Presidente, a pesar de las muchas decepciones que me quitaron el sueño y me obligaron a apretar los puños de rabia, a pesar de la inocencia que desgraciadamente ya no tengo, debo decirle que le creo; que tengo miedo de creerle, que me tiemblan las rodillas, pero le creo. Creo en sus ganas, en su fuerza, en su no a los hilos que siempre tuvimos y aceptamos como corderos, en su defensa del pueblo, es decir de todos y no sólo de los que tienen dinero.

Le creo. Creo en sus esfuerzos por eliminar la pobreza (sin acabar con los hombres que la integran, claro está), por incluir, por dar trabajo (que tanta falta nos hace), por bajar la inseguridad, y por elevar la esperanza. En fin, creo en la posibilidad de un país mejor. Y porque le creo, sr. Presidente, me animo a darle mi opinión de joven ciudadano, seguro de que no la estaré tirando a la basura.

Tengo una íntima convicción, la misma que se adueñó y se adueña de innumerables personas que pisaron y pisan este suelo, la misma que probablemente a usted lo posea, aunque esa posesión aún no se vea reflejada en actos de gobierno. Estoy persuadido de que todas las herramientas para combatir los flagelos antes mencionados (pobreza, marginalidad, desocupación, inseguridad, etc) no son otra cosa más que parches; parches necesarios, urgentes, que deben ser aplicados hoy, ahora, pero sólo parches. Como no se trabaje en algo que vaya más allá, que nos permita abrir los ojos y nos eleve, estaremos siempre condenados a aplicar necesarios, urgentes, parches.

Es evidente de lo que hablo. Hablo de educación. Sí, sr. Presidente, del pobre, maltratado, sistema educativo, que muchos de sus antecesores se encargaron de denigrar. Hablo de lo único capaz de acabar con el círculo, hablo de lo único capaz de quitarnos ese aire de niños perdidos que los argentinos llevamos, hablo de lo único capaz de hacernos crecer como pueblo.


Alejandro Laurenza
Junio de 2004

sábado, 23 de octubre de 2010

Sucede

Compartiré hoy un poema de la escritora rosarina Rosa Fasolís. Sin palabras. Juzgarán por ustedes mismos.

Sucede

Sucede
que el pájaro sea la antelación del vuelo.
Sucede
que el torbellino prefigure la calma,
que el fuego la ceniza.
Sucede
que en el límite
entre el sueño y la vigilia
el pensamiento
torne en ceniza antes que en fuego
se transfiera en vuelo antes que en ala
desde la calma anticipe el torbellino.

Sucede
que alguien encuentre su ángel
en una copa de vino
o en un beso.
Yo… yo escribo versos.

Rosa Fasolís
del libro “Sacramento y Ceniza”

sábado, 16 de octubre de 2010

La crisis

Hace unos meses publiqué el poema Tras la crisis perteneciente al libro Maldita Conciencia. Ahora quiero dejar su contrapunto, aquel que lo precede y justifica.

La crisis


La piel que llevo no habla de mí,
estas manos trabajando
en otro sitio quisieran estar,
¿cuál es mi lugar en este mundo?
¿Cuál es mi lugar?

Sinuoso camino me impone,
me fabrica, me condena,
un corazón irrespetuoso
que no descansa
ni descansar me deja.

Siempre con lo puesto,
me obliga a ser otro,
a no mirar pasados,
a no saber futuros,
a seguir buscando
ciudades de oro y plata.

Suena una canción en mis oídos
encantadora y dulce,
despiadada y dulce,
suena y me lleva
adonde ella quiere,
y me pierde, me domina,
y me guarda
de la quietud, del hastío.


Alejandro Laurenza
del libro Maldita Conciencia

viernes, 8 de octubre de 2010

Cumplir las metas

Reflexionemos en pocas palabras sobre las metas que uno mismo se fija.

Cumplir las metas


No es tanto luchar (oponerse) como trabajar en paz (y de ser posible con alegría) por lo que uno quiere.


Alejandro Laurenza