viernes, 25 de diciembre de 2009

Rutina

De Internet se dicen muchas cosas, pero lo que no se puede negar es que nos permite ponernos en contacto como ninguna otra herramienta lo había hecho antes.

Así conseguimos llegar de un país a otro, o de una región a otra de un mismo país, haciendo tan solo un click, con la facilidad y el poco tiempo que eso significa. Salvamos además las diferencias horarias: podemos estar durmiendo mientras alguien, al otro lado del mundo, se entera de que existimos, y viceversa. Y con todo esto, nos deja ir agrupándonos según gustos y afinidades, de una forma muy parecida a la vida real (detrás de la herramienta está el hombre, al fin y al cabo).

Pero conste que digo “ponernos en contacto” y “saber que existimos”, porque conocernos es otra cosa. A veces tan difícil de lograr aún teniéndonos frente a frente, que sería iluso pretender que suceda sólo con estos ratos en que tomamos el teclado.

Y en este ponernos en contacto, tuve la fortuna de llegar hasta Rosa Fasolís, con quien compartimos varios y muy agradables mails, y de leer luego su poesía, pero esta vez de papel y hueso, que ella misma me envió desde Rosario hasta Buenos Aires.

Con su autorización, transcribo ahora el poema Rutina, que da inicio a su excelente libro Sacramento y Ceniza. Lo recomiendo.

¡Feliz Navidad!


Rutina

El invierno deporta pájaros.
(Conoce la rutina: sólo eso).
Alguien dibuja un pájaro; alguien
guarda la memoria del dibujo
en una hoja secreta.
Los que caminan con apuro piensan:
ya vendrán.
(Conocen la rutina: sólo eso).
Sin embargo
alguien, en algún lugar,
dice la oración por el regreso,
prefigura el anatema.

Alguien
a pesar de todo
quiebra la rutina y se detiene
a leer un pájaro
a mirar el vuelo de un poema.

Rosa Fasolís
del libro “Sacramento y ceniza”

sábado, 19 de diciembre de 2009

Sentar cabeza

Hoy quiero dejar una especie de relato muy cortito, que en su apuro por terminar peca de reflexivo.


Sentar cabeza

Doblé cuidadosamente mi antiguo anhelo de ser yo, y lo guardé en el estante más alto, en ese que nunca miro por falta de tiempo, y de consuelo. Alcancé por fin la sublime meta que persigue todo hombre: ser dueño de sus actos. Aunque a veces pienso que fueron ellos quienes alcanzaron su sublime meta.

Si no atiné a elevar mi voz, ni ensayé una precaria defensa, no fue por falta de coraje, sino porque me vi sorprendido ante una emboscada de meritoria simpleza.


Alejandro Laurenza

sábado, 12 de diciembre de 2009

Vuelta a las calles

Normalmente salgo a vender mis libros en la época cálida de Buenos Aires, digamos desde septiembre hasta marzo. Y lo hago de manera regular, cuando termino mi trabajo en la semana, o desde un poco más temprano los sábados y domingos, sabiendo que algunos días se vende más y otros días menos, pero que al final lo único que cuenta es la perseverancia.

Si bien me inicié en este rito apenas hube publicado Silencios de un Mundo allá por el año 1999, la verdad es que recién adquirí la constancia que necesitaba luego de publicar Maldita Conciencia en 2007. A partir de entonces me puse como meta llegar a vender mi libro número mil, y afortunadamente pude cumplirla a principios de este año.

Quizá no sea gran cosa visto desde afuera, pero les puedo asegurar que, ante la ausencia total de cualquier tipo de difusión, el esfuerzo es muy grande y sólo puede ser llevadero gracias a que las ganas lo son aún más.

Con todo esto, alcancé un punto en que un libro financia al siguiente, y hasta me permite cubrir gastos adicionales, como webhosting antes de que decidiera iniciar este blog, o señaladores para regalarle a la gente, o cualquier otra cosa que pudiera surgir. Así la venta de los quinientos ejemplares que conformaban la primera edición de Maldita Conciencia, me permitió publicar la segunda, pero esta vez de mil.

Sin embargo, uno sigue soñando con que los propios libros sean publicados por una editorial. Es verdad que podría continuar el camino que tengo emprendido, con más certezas que incertidumbres (olvidando que la vida entera es incertidumbre), pero lo otro implica cierto reconocimiento de que lo que hago vale la pena. Reconocimiento que aún no tengo.

Tal vez por eso esta temporada me retrasé en mi salida a las calles. La espera de El diario de Toba, que suponía estaría listo antes de diciembre, me dejó paralizado de alguna manera. Era ese el libro que quería vender, más allá de que las librerías hicieran también lo suyo. Pero ahora, ya asumido que este año no será (y que ojalá lo sea el siguiente), vuelvo a salir con mis retoños anteriores bajo el brazo.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El punto final

Acabo de terminar de escribir mi primera novela. Luego de varios meses de trabajo, atrapante y obsesivo por momentos, y cansador por otros, y de no pocos intervalos voluntarios o forzados, coloqué al fin el último punto de la historia (al menos por ahora).

Lo que viene es dejarla descansar, como indican las buenas costumbres, para iniciar entonces una corrección despiadada, ya no de nuestro libro/hijo, sino del libro/hijo de algún otro, a quien podremos criticar desde lejos, sin correr el riesgo de que el amor o el orgullo nos jueguen una mala pasada.

Pero, claro, que la historia descanse no significa que debamos descansar también nosotros. Tengo en mente algunas otras cosas que quisiera escribir, y de las que espero aprender, como siempre, que ya están formando una pequeña e imaginaria fila. En unos días más retomaré entonces la pluma, devenida en netbook, para embarcarme en lo nuevo, que me espera anhelante desde algún rincón desconocido de mí mismo.

Mientras tanto leo a García Márquez, en su Vivir para contarla, sobre el que debo confesar que me costó un poco engancharme al comienzo; quizá porque esperaba un libro más directo, en el que se su vida no fuera relatada como una novela, sino como simples memorias, ansiosas por salir a como de lugar. Pero, pasada la primera sorpresa, estoy ahora en un punto en que siento necesidad de leer y leer, y en que giro por momentos el libro, para mirarlo desde un costado, y constatar con cierta tristeza que cada vez me falta menos para llegar a su fin.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Locura Amor

Quiero compartir esta vez un relato que escribí en los últimos tiempos.

Locura Amor


No quería matarla. Juro que no quería hacerlo. Resistí, busqué fuerzas en mi locura. Pero estaba ya hecho. Estaba hecho desde el momento mismo en que la llevé a rastras, en que la miré con furia sabiendo que me pertenecía, aunque ella se negara a aceptarlo. ¿Y por qué se negaba?, me pregunté y pregunto.

Recuerdo su sonrisa cuando la vi por primera vez. Dulce, inocente, sin malicia alguna. Y esos ojos limpios, serenos, con una paz profunda y provisoria. ¡Ah, y sus manos, cómo olvidar sus manos! Siento aún el abrigo que supieron darme, y la seguridad de que siempre serían mías. ¡Sólo mías!

Aquella noche en el cine fue nuestro primer acercamiento, nuestro despertar. Aquella noche comenzamos a elevarnos, a desprendernos de una vida opaca y miserable. Vislumbramos por fin nuestros destinos cruzados, enlazados para siempre. Porque yo lo sabía. Yo sabía que era para siempre. Y ella también, aunque después lo negara.

Y vinieron luego los encuentros, claro, los encuentros. Cuando jugábamos al azar, a no reconocernos, pero allí estábamos. Salíamos un día sin decirnos nada, sin hablar siquiera. Ella adelante quizá, y yo a la distancia, disfrutando a mi desconocida. Caminando tiempo, largo tiempo, hasta que al fin uno hacía un giro inesperado y el otro ya no estaba. Y más tarde otro giro y el amor, la sorpresa, y el rubor fingido por vernos nuevamente. Y el seguir, como si nada.

¡¿Ah, por qué me hiciste esto?! ¿Por qué cambiaste? ¿Por qué no fuiste fiel al amor que nos quemaba, que aún nos quema, que nos alzaba por una vez de esta tierra mezquina y llana? Ese amor, este amor, era todo, es todo. ¿Te das cuenta de lo poco que nos queda? Si pudieras recordar como yo recuerdo, sé que volverías a mí, y me pedirías que sea tuyo. Pero es tarde. No tuviste el valor ni el temple para ser feliz. Es tarde. No me dejaste más remedio que salvar nuestro amor, que rescatarlo de la manera en que supe o pude, que protegerlo aun de nosotros mismos.

¡Sí, qué hermosas las mañanas del bar! Eran nuestras, sólo nuestras. Cuando ella venía con cara de ángel, como no sabiendo qué decir. Y no decía más que hola, o buenos días, y se quedaba esperando. Y yo la miraba toda, extasiado en su belleza, en su ternura. Y demoraba el pedido sólo para verla, para tenerla un rato más, y a ella le encantaba. Suspiraba, quizá de amor o de impaciencia. Una impaciencia nuestra, por no tenernos aún. Y pretendíamos, divertidos, amorosos, cómplices, que yo era sólo un cliente y ella sólo una camarera, como cualquiera. Pero no era cualquiera. Era mía. Y yo era suyo. Para siempre.

Por eso no entiendo. No entendí ni entiendo. Y me llené de furia. Los vi juntos, y sentí la traición, la burla. Y me quedé ahí, sin palabras, temblando de indignación, de fiebre, de ganas de matar. Y comprendí, comprendí pero no acepté, todas las bajezas, todos los horrores de la especie humana.

Y yo sé que lo sabías, que lo sabés, que pudo haber sido diferente, aunque lo hayas negado para evitar la vergüenza. Aunque hayas fingido. Aunque hayas mentido desconocer mi nombre.


Alejandro Laurenza

domingo, 15 de noviembre de 2009

El diario de Toba

En una entrada anterior, comenté al pasar que había escrito un libro infantil. Ese libro se llama El diario de Toba, y nació de una manera inesperada.

Como otras veces, me senté un día con mi cuaderno tamaño A4, completamente nuevo, y con la primera birome que encontré por ahí tirada, para intentar escribir de una vez por todas una novela. De algún modo sentía que estaba más cerca, que algo en mi interior iba madurando, y que, de un momento a otro, esa novela debería iniciarse. Pero estaba equivocado. Todavía era tiempo de otra cosa.

Con la hoja en blanco y luego de pensar y de buscar en los rincones de la imaginación, inicié aquello desde la voz de un perro llamado Toba (que casualmente es el mío, mi perro). Y así Toba me sorprendió: hablando a veces sobre él mismo, sobre su historia, sobre su llegada a la familia, otras veces sobre los gatos que habitan la casa (que son muchos, y que él los tiene que aguantar e incluso querer), y hasta sobre nosotros, mi mujer y yo, a quienes suele dejarnos en ridículo desde su visión de niño inocente que lo cuenta todo. También habla de la familia y de los amigos, claro, y de cosas que son bastante tontas pero que a él le gustan y lo divierten.

Poco a poco, Toba fue avanzando en su libro, en su diario, y un día se dio cuenta de que llevaba ya muchas páginas, y entonces me preguntó que qué hacía. Yo me quedé mirándolo con incredulidad. ¿Este perro hablará en serio?, me pregunté. Pero él no bajaba la vista. Esperaba una respuesta de mi parte. Entonces me convencí, y lo tuve que ayudar.

Juntos buscamos en Internet, y dimos por casualidad con el blog de Elisabet y sus valiosos consejos para llegar a publicar, y hasta nos pusimos en contacto con ella. Es muy amable Elisabet, me decía Toba. Después armamos una carta de presentación, una sinopsis, recopilamos direcciones de mail de editoriales y agencias literarias, y nos lanzamos a la búsqueda.

Luego de algunos meses de trabajo, y de varias respuestas negativas, una editorial se interesó por fin en su libro. Él no lo podía creer. Estaba tan contento que no dejaba de mover la cola, y de sacar larga la lengua, tratando de que pareciera una sonrisa. Yo le decía no te apures, en estas cosas hay que tener paciencia.

Y la verdad es que no me equivocaba. Después de siete meses desde la firma del contrato, aún seguimos teniendo paciencia. Seguimos esperando. Con ilusión, pero con los pies en la tierra. Y sabiendo siempre que es sólo un primer paso. Como todos dicen por ahí, y con mucha razón, esta aventura en la que Toba está ahora embarcado es una carrera de fondo. Hay que seguir aprendiendo y tratando de hacerlo cada vez mejor.

Pero bueno, por hoy vamos a dejar acá. Toba, que lo tengo a mi lado, con las patitas de adelante cruzadas y la vista atenta, me pide que no siga contando. Por cábala, dice él, aunque no crea mucho en esas cosas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Rezo por vos

Hace tiempo hablé de mis influencias poéticas y, entre ellas, nombré al genial músico Charly García, con una historia que comienza allá por Sui Generis y llega hasta nuestros días haciendo escala antes en PorSuiGieco, La máquina de hacer pájaros, y la mítica Serú Girán, denominada esta última a veces como los Beatles argentinos.

Su carrera está poblada de momentos excepcionales, con canciones que consiguen ponernos la piel de gallina, como Confesiones de Invierno, Seminare, o Filosofía barata y zapatos de goma; y otras que nos acercan a esa realidad que no siempre está al alcance de los ojos, como Canción de Alicia en el País, o Adela en el carrousell; y, claro, también están las que llegan muy hondo y nos obligan a movernos, y a saltar en medio de un concierto, como la exquisita Rezo por vos (compuesta junto al flaco Spinetta), No toquen, Cerca de la revolución, o la más cercana El amor espera, incluida en el excelente disco Influencia.

También podemos hablar de su búsqueda continua a través de la música, y de ese nunca quedarse quieto, que lo llevó una y otra vez a dejar sus bandas cuando más éxito tenían, para iniciar una nueva y siempre desconocida etapa. ¿Qué es acaso la vida si no una búsqueda permanente?

Pero bueno, no todo es color de rosas en la vida del músico. También tuvo momentos difíciles, donde las drogas se apoderaron de él, y no lo dejaron seguir siendo. Fue allí donde siempre encontró a alguien que le diera una mano para seguir adelante, como la querida Mercedes Sosa en otras épocas, o Palito Ortega, en los últimos tiempos.

Ahora, en pleno proceso de recuperación (ojalá esta vez definitivo), volvió a los escenarios luego de tenernos abandonados durante un año y medio. Nos encontramos entonces en Buenos Aires, en el estadio Velez Sarsfield, con un Charly García moderado y algo lento todavía en sus movimientos, seguramente por los efectos de la medicación. Sin embargo consiguió dar un excelente concierto, como cierre de una pequeña gira por Latinoamérica, ante más de cuarenta mil personas que lo alentaron, y cantaron sus canciones bajo la lluvia.

Vamos a cerrar esta entrada, con la letra de la mencionada Rezo por vos. Y para todos aquellos que quieran saber más sobre Charly les recomiendo que visiten el imperdible blog http://cinemaveritesnm.blogspot.com/.

Rezo por vos (descargar mp3)

La indómita luz
Se hizo carne en mí
Y lo dejé todo
por esta soledad.
Y leo revistas
En la tempestad
Hice el sacrificio
Abracé la cruz al amanecer.
Rezo, rezo, rezo, rezo.
Morí sin morir
Y me abracé al dolor
Y lo dejé todo por esta soledad
Ya se hizo de noche
Y ahora estoy aquí
Mi cuerpo se cae
Sólo veo la cruz al amanecer.
Rezo, rezo, rezo, rezo por vos.
Y curé mis heridas
Y me encendí de amor
Y quemé las cortinas
Y me encendí de amor, de amor sagrado.
Y entonces rezo.
Rezo por vos.

del disco “Parte de la Religión”
Charly García / Luis Alberto Spinetta

viernes, 23 de octubre de 2009

La novela según Sábato

El escritor argentino Ernesto Sábato, concibe la novela como una búsqueda del hombre, como un descenso descarnado hacia sus propias profundidades, donde lo más importante no es el juego literario, sino la representación artística de ese mundo que no sería capaz de comunicar, e incluso de conocer, de otra manera.

De hecho, él rechaza de plano la novela como mero entretenimiento. Al entenderla como obra de arte, todo lo que no sea visceral, por llamarlo de alguna manera, que no sea medio indispensable del artista para dar su visión del mundo, resulta superfluo.

Es verdad que quizá sea un tanto extrema esta concepción, y que cada cual puede escribir o leer novelas de acuerdo con sus propios gustos o necesidades. Y hasta podremos decir que una persona no es la misma todo el tiempo, y que a veces puede tener la imperiosa necesidad de la búsqueda profunda de la existencia, y de los conflictos ineludibles del hombre, y otras veces buscar sólo entretenimiento literario, e incluso evasión, que le permita sobrellevar la vida.

Pero veamos qué dice Sábato al respecto, y qué es lo que busca él cuando lee o escribe una novela.

Conviene agregar antes a modo informativo que, fiel a su propia visión, en su vida publicó sólo tres obras de este género, todas de una profundidad incuestionable: El túnel, Sobre héroes y tumbas, y Abbadón el exterminador.


“Hay probablemente dos actitudes básicas que dan origen a los dos tipos fundamentales de ficción: o se escribe por juego, por entretenimiento propio y de los lectores, para pasar y hacer pasar el rato, para distraer o procurar unos momentos de agradable evasión; o se escribe para buscar la condición del hombre, empresa que ni sirve de pasatiempo, ni es un juego, ni es agradable.”

“Efectivamente, es casi normal, para no decir que es inevitable, esta sensación de desagrado que produce la lectura de una novela de esta naturaleza. Y eso se debe a que no sólo la exploración de las simas del corazón es agobiante sino que, proponiéndoselo o no, este tipo de ficción nos produce un desasosiego que tampoco es placentero. Maurice Nadeau sostiene que una novela que deje tal cual al escritor y al lector es una novela inútil. Es cierto. Cuando hemos terminado de leer El proceso no somos la misma persona que antes (y seguramente tampoco Kafka después de escribirlo).”

“Si denominamos gratuito aquel primer género de ficción que sólo está hecho para procurar esparcimiento o placer, a éste podemos llamarlo problemático, palabra que a mi juicio es más acertada que la de comprometido.”

“El escritor, pues, no es tanto un inventor, como un explorador o
descubridor.”

“El paisaje externo, el pintoresquismo de costumbres o lenguajes o trajes, tan esencial en el otro tipo de narración, aquí pasa a un lugar insignificante; pues no es el propósito que se persigue esa clase de descripciones, y el mundo externo existe casi únicamente en función del drama personal, como proyección de la subjetividad: esa nieve, si esa nieve está vinculada al drama; esa escalera, si esos escalones de alguna manera miden la angustia o la espera del protagonista, o porque en ese otro piso está la persona que determina su destino.”


Ernesto Sábato
fragmentos de “Exploradores, más que inventores”
del libro “El escritor y sus fantasmas”

domingo, 4 de octubre de 2009

El país en llamas

Este país, Argentina, se caracteriza por andar de crisis en crisis. No salimos de una para entrar en otra. No importa cuál sea el gobierno de turno. Siempre estamos contando los años que restan para que comience la siguiente.

Quizá por eso, la crisis mundial en la que estamos aún metidos no fue recibida por nosotros con demasiada sorpresa. O, mejor dicho, la sorpresa consistió en que esta vez no nos haya tocado sólo a nosotros.

Sea como fuere, sabemos por experiencia propia que toda crisis paraliza un poco al principio, pero que, una vez superado el desconcierto, no hay más remedio que seguir adelante. Y para ello cada uno hace catarsis de la manera en que sabe o puede, y vuelve luego al movimiento.

Y como lo que yo sé o puedo hacer (en mi propia medida) es escribir, hago catarsis justamente escribiendo.

Para que vean de qué hablo, voy a dejar a continuación un poema, no de esta última crisis sino de la anterior, que poco a poco se va olvidando.

El país en llamas

(Principios de 2002)

Argentina toda es un grito de protesta,
de hartazgo, de bronca,
de paren de robar;
aunque la verdad es que poco queda,
salvo que decidan vender monumentos,
parques, instituciones,
y demás entidades decorativas.

En cada esquina hay un foco de incendio,
unas ganas de nada,
un terrible dolor de patria rota,
una sensación de mano en el bolsillo,
de futuro saqueado,
de matar o morir;
y por sobre todas las cosas
hay uno y mil hombres esperando,
dejando la vida en la tristeza
y la dignidad en el recuerdo.

Argentina toda se llena de miserias,
mientras pasa el tiempo,
y papá del norte la abraza con ternura,
pero aprieta demasiado;
entonces nada sirve,
la esperanza se arrastra por el piso,
los sueños del abuelo aceptan su imposible,
los aviones salen para no volver...

Y, sin embargo,
hay algo que no muere:
la conciencia de saber que esta tierra soy yo,
sos vos,
es aquel flaco que se queda,
es la mina que se va,
y eso es demasiado fuerte
para dejarlo caer sin dar batalla.


Alejandro Laurenza
del libro Maldita Conciencia

domingo, 27 de septiembre de 2009

Cómo escribe Ken Follett

Cumpliendo con lo prometido en la entrada Mi primera novela, transcribiré hoy algunos fragmentos de la introducción de Los pilares de la tierra, donde el mismo autor, Ken Follett, cuenta, entre otras cosas, interesantes detalles acerca de cómo se prepara él para iniciar un nuevo libro.

La introducción es bastante extensa, por lo que tomaré sólo determinadas partes de manera arbitraria, apuntando más que nada a las revelaciones del autor sobre su forma escribir en general, y sobre el modo en que trabajó con este libro en particular, dejando de lado lo que tiene que ver con la trama en sí de su historia.

Ya sabemos que cada uno irá encontrando su propia forma de escribir, e incluso la irá modificando con el tiempo, según el tiempo lo vaya modificando también a él, pero me parece sumamente interesante conocer cómo trabajan los que saben. Siempre tendremos así la oportunidad de aprender algo.

Aprovecho además para recomendarles que lean este libro. Se trata de una novela histórica de más de mil páginas, situada en la edad media, cuyo fondo está dado por la construcción de una catedral. Se desarrolla de manera atrapante, haciendo que su extensión, capaz de intimidarnos antes de comenzar la lectura, resulte al fin apropiada, dejándonos con ganas aún de leer su continuación: Un mundo sin fin.


“La novela Los pilares de la tierra sorprendió a mucha gente, incluido yo mismo. Se me conocía como autor de thrillers. En el mundo editorial, cuando uno alcanza el éxito con un libro, lo inteligente es escribir algo en la misma línea una vez al año durante el resto de su vida.”

“Así pues, era poco probable que escribiese un libro como Pilares, y de hecho estuve a punto de no hacerlo. Lo empecé, lo dejé y no volví a mirarlo hasta pasados diez años.”

“En algún momento de 1976 escribí las líneas generales y unos cuatro capítulos de la novela.”

“Volviendo la vista atrás, comprendo que a la edad de veintisiete años no era capaz de escribir una novela de esas características. Era como si un aprendiz de acuarelista proyectase un óleo de grandes proporciones. Para tratar el tema como lo merecía, el libro debía ser muy extenso, abarcar un período de varias décadas y dar vida al complejo marco de la Europa medieval. Por entonces yo escribía libros mucho menos ambiciosos, y así y todo no dominaba aún el oficio.”

“La resucité en enero de 1986, después de terminar mi sexto thriller.”

“Mis editores se pusieron nerviosos. Querían otra historia de espías. Mis amigos albergaban también sus temores. No soy la clase de autor capaz de eludir un fracaso amparándome en que el libro era bueno pero los lectores no habían estado a la altura.”

“Por entonces ya había desarrollado el método de trabajo que sigo usando hoy día. Empiezo con un esquema de argumento que incluye lo que ocurrirá en cada capítulo y mínimos esbozos de los personajes. Pero ese libro no era como los demás. El principio no me dio problemas, pero a medida que el argumento avanzaba década a década y los personajes pasaban de la juventud a la madurez encontraba mayores dificultades para inventar nuevos giros e incidentes en sus vidas. Descubrí que un libro extenso representa un desafío mucho mayor que tres cortos.”

“En marzo del año siguiente, 1987, llevaba dos años trabajando en la novela y tenía sólo un esquema incompleto y unos cuantos capítulos. No podía dedicar el resto de mi vida a ese libro. Pero ¿qué debía hacer? Podía dejarlo y escribir otro thriller. O podía trabajar con más ahínco. Por aquellas fechas escribía de lunes a viernes y me ocupaba de la correspondencia los sábados por la mañana. A partir de enero de 1988 empecé a escribir de lunes a sábado y contestaba las cartas el domingo. Mi rendimiento aumentó de manera espectacular, en parte por el día extra, pero sobre todo por la intensidad con que trabajaba.”

“Si no recuerdo mal, terminé el primer borrador a mediados de aquel año. Una mezcla de entusiasmo e impaciencia me impulsó a trabajar aún con mayor denuedo en la revisión, y comencé a trabajar los siete días de la semana. Descuidé por completo la correspondencia pero concluí el libro en marzo de 1989, tres años y tres meses después del inicio.”

“Estaba agotado pero contento. Tenía la sensación de haber escrito algo especial.”

“Y así ocurrió. Parecía el libro menos adecuado; yo parecía el autor menos adecuado, y estuve a punto de no escribirlo. Sin embargo es mi mejor libro.”


Ken Follett
fragmentos de la introducción de “Los Pilares de la tierra”

sábado, 19 de septiembre de 2009

El mismo libro

Esta entrada va a ser bastante sencilla. Sólo quiero compartir un relato poético que escribí hace unos cuantos años.


El mismo libro


No sé como, ni por qué, pero una de las tantas calles impredecibles me llevó hacia él. Lo vi allí, descuidado, polvoriento, triste, excluido de los pesados ojos de la rutina.

De inmediato sentí una suave y conocida caricia. No había nada que me hiciera dudar. Sus frágiles páginas aguardaban ansiosas, me aguardaban ansiosas. Estaban dispuestas a dejarlo todo; a despojarse de la ternura con que la nostalgia se envuelve
cuando la esperanza prepara las valijas; y a arrojarse a mis brazos, evocando a una antigua felicidad.

Debo reconocer que tuve miedo. Hallarlo nuevamente entre mis manos era una experiencia encantadora y a la vez terrible. Hacerme dueño de sus líneas me alejaba de toda máscara, me volvía indefenso ante los extraños rostros de un lugar que no es el mío (o que sí es el mío, pero solamente cuando olvido quién soy).

Ya sin pensar, deslicé sus primeras hojas, y no pude más que asombrarme al ver que mi corazón latía como la primera vez.

Ni los vientos, ni las lluvias, ni el refugio, consiguieron callarlo. Ni los vientos, ni las lluvias, ni el refugio, sepultaron al amor.


Alejandro Laurenza

sábado, 12 de septiembre de 2009

Mis libros en Rosario

Como decía en la entrada Salir a las calles, me resulta mucho más fácil vender mis libros en plazas y parques, ofreciéndolos persona a persona, que en las estanterías de una librería. Quizá porque el libro de un desconocido allí se pierde, o por lo que fuera, pero así están las cosas. Sin embargo, soy lo suficientemente cabeza dura como para dejar intentarlo.

Hace poco más de un año comencé a distribuirlos yo mismo por kioscos de diarios y librerías de Buenos Aires. Los cuales recorro una vez por mes, o cada dos meses, para ver si hubo novedades, reponiendo así los libros que se hubieran vendido. El trabajo no es sencillo. Hay que caminar y caminar, y dedicarle mucho tiempo a la tarea. Pero tiene, como siempre, el maravillosos incentivo de estar haciendo lo a uno le gusta. Lo que no es poco.

En cuanto a los resultados, tengo que admitir que en este año se vendió, más o menos, la misma cantidad de libros que podría llegar a vender en seis o siete días en una plaza. ¿Pero quién dijo que iba a ser fácil? Las cosas se van consiguiendo paso a paso.

Y para no perder la costumbre de seguir empujando, ahora mis dos últimos libros de poesía, Maldita Conciencia y Libertad y otras yerbas, se encuentran también en Rosario. Sí, en esta bella ciudad que descansa a orillas del río Paraná, y que tiene una muy importante influencia económica y cultural en nuestro país. Más específicamente los podrán hallar en la librería Ameghino, ubicada en la calle Corrientes 868.

Por ayudarme a hacer esto posible, quiero agradecer a los rosarinos Marcelo Nieto, que me puso en contacto con la librería, y Raúl Astorga, quien me ofreció su generosa colaboración para todo lo que pudiera necesitar. Agradezco también a mi buen amigo Liman, que me consiguió un excelente transporte para hacer el envío desde Buenos Aires.

Por otra parte, les comento que pueden ver la lista con todas las direcciones donde se encuentran mis libros, haciendo click aquí.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Mi primera novela

Si bien ya pasaron unos cuantos años desde que comencé a escribir, hace tan solo unos meses inicié mi primera novela. Antes había escrito fundamentalmente poesía, y de vez en cuando algunos relatos pequeños, e incluso reflexiones, que me sirvieron más como ejercicio que otra cosa. Y hasta llegué a completar en los últimos tiempos un libro infantil, algo que nunca había pensado ni esperado, que sucedió casi por azar, y que ahora se encuentra en tratativas de publicación, pero eso lo dejaremos para otra entrada.

Es verdad que en más de una oportunidad quise empezar una novela, y de hecho lo hice dos o tres veces, pero transcurridas unas pocas páginas me quedaba sin tema, y ya no tenía nada para decir. Ni siquiera la forma que había adoptado terminaba de convencerme: me resultaba torpe e incorrecta. Todo parecía indicar que aún no había llegado el momento.

Y así el tiempo siguió pasando, leyendo yo de todo, como siempre, y escribiendo, mientras tanto, aquello con lo que me sentía más a gusto. Pero en ese leer de todo, comenzaron a aparecer, quizá por casualidad o quizá elegidos por mí de manera inconsciente, algunos libros o textos que hablaban sobre la forma de escribir: hábitos, costumbres, las mañanas, las noches, las pocas o muchas páginas por día; en fin, todas esas cosas que nunca me hicieron falta con la poesía, donde todo estuvo marcado por la inspiración, y donde poco importaba el resto.

Podía escribir poesía en una plaza, en un tren, en un colectivo, podía escribir parado durante el viaje cuando iba a trabajar, e incluso mientras caminaba, con un pequeño cuaderno en la mano. Bastaba con tener papel y lápiz para escribir poesía, pero la novela era otra cosa. La novela necesitaba un orden, una rutina tal vez, una planificación a la que no estaba acostumbrado. Era un mundo nuevo por aprender.

Regresando ahora a los libros que me allanaron el camino, de una o de otra manera, creo que el primero y más definitivo, el que me dio el empujoncito que tanto precisaba, fue París era una fiesta de Hemingway. Después vino Islas a las deriva, del mismo autor, y en el medio apareció La suma de los días, de Isabel Allende. Por otro lado, el prólogo de Los pilares de la Tierra, de Ken Follett, me resultó muy instructivo también; allí el escritor cuenta cómo se prepara generalmente para iniciar un libro nuevo (quizá un día suba algún fragmento, por si no lo tienen).

Y, claro, llegaron además los blogs, a través de esta maravilla que es internet, donde cada uno aporta su granito de arena, sus experiencias propias, su forma de escribir, pero no sólo eso, sino también las experiencias de escritores reconocidos. Cada uno busca y comparte, y entre todos aprendemos.

Y para no perder la costumbre de compartir, quiero dejar ahora un texto de Sábato que me parece muy bueno, y que creo se justifica, aunque la entrada termine resultando un poco larga.


El artista parte de una oscura intuición global, pero no sabe lo que realmente quería hasta que la obra está concluida, y a veces ni siquiera entonces. En la medida en que parte de una intuición básica puede afirmarse que el tema precede a la expresión; pero al ir avanzando, la forma va prestando al asunto sutiles, misteriosos, ricos e inesperados matices; momento en que puede afirmarse que la expresión crea al tema. Hasta que concluida la obra el tema y la expresión constituyen una sola e indivisible unidad. De este modo no tiene sentido pretender separar –como a menudo se lo pretende– el contenido de la forma, o sostener –como tan a menudo se lo sostiene– que hay temas grandes y temas pequeños, asuntos sublimes y asuntos triviales. Son los artistas y sus realizaciones los que son grandes o pequeños, sublimes o triviales. La misma historia de un modesto cuentista italiano del Renacimiento sirvió para que Shakespeare escribiera uno de sus más hermosos dramas.
En la obra de arte lo formal es ya contenido.


Ernesto Sábato
Fragmento de “Tema y realización”
del libro “El escritor y sus fantasmas”

domingo, 23 de agosto de 2009

El libro de los abrazos

Eduardo Galeano es un escritor que, sin ser poeta, nos inunda de poesía con sus palabras. Nos sorprende y nos abre los ojos, y nos deja grabadas sus historias, sus relatos, sus crónicas, a fuerza de contarlas de una manera sencilla y conmovedora. Siempre hay un trasfondo en lo que dice. La realidad con él nos llega como un puñal desnudo e irrevocable.

En lo que a mí respecta, fui leyendo varios de sus libros (aunque aún me queda mucho por leer), siendo El libro de los abrazos el que me marcó más profundamente. Lo recorrí desde el principio hasta el fin en más de una ocasión, y hoy lo tengo en la biblioteca y lo busco de vez en cuando, y no deja de asombrarme cuando lo leo, abriéndolo al azar como si de poemas se tratara.

Si alguna vez quisieran regalar un libro, y no estuvieran muy seguros de cuál podría ser, les recomiendo que lo tengan en cuenta, porque es un libro disfrute, un libro sueños, pero fundamentalmente es un libro aprendizaje, y eso es lo maravilloso.

Leamos juntos ahora algunas de las breves historias que lo conforman:


La función del arte


Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño se quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: –¡Ayúdame a mirar!


Eduardo Galeano
de “El libro de los abrazos”


El miedo


Una mañana, nos regalaron un conejo de Indias. Llegó a casa enjaulado. Al mediodía, le abrí la puerta de la jaula.

Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad.


Eduardo Galeano
de “El libro de los abrazos”


El Estado en América Latina


Hace ya unos años, añares, que el coronel Amen me lo contó.

Resulta que a un soldado le llegó la orden de cambiar de cuartel. Por un año lo mandaron a otro destino, en algún cuartel de frontera, porque el Superior Gobierno del Uruguay había contraído una de sus periódicas fiebres de guerra al contrabando.

Al irse, el soldado le dejó su mujer y otras pertenencias al mejor amigo, para que se las tuviera en custodia.

Al año, volvió. Y se encontró con que el mejor amigo, también soldado, no le quería entregar la mujer. No había problema en devolver las demás cosas; pero la mujer, no. El litigio iba a resolverse mediante el veredicto del cuchillo, en duelo criollo, cuando el coronel Amen paró la mano:

–Que se expliquen –exigió.
–Esa mujer es mía –dijo el ausentado.
–¿De él? Habrá sido. Pero ya no es –dijo el otro.
–Razones –dijo el coronel.
Y el usurpador razonó:
–Pero coronel, ¿cómo se la voy a devolver? ¡Con lo que ha sufrido la pobre! Si viera coronel cómo la trataba ese animal... la trataba, coronel... ¡como si fuera del Estado!


Eduardo Galeano
de “El libro de los abrazos”

lunes, 17 de agosto de 2009

Salir a las calles

Una vez publicado Silencios de un Mundo, mi primer libro de poesía, decidí que algo debía hacer, aunque no supiera qué. Quería venderlo de alguna manera, pero sin poner en compromiso a mis familiares y amigos.

Pensé entonces en hacer presentaciones, cosa que descarté rápidamente: me daba pavor hablar en público, y aún hoy me sigue dando (vamos a ver si alguna vez me quito el miedo, y aprendo a hacerlo). Cuanto mucho podía leer uno o dos poemas a micrófono abierto, pero no más que eso. Tenía que buscar por otro lado.

Acudí luego, inocentemente, a las cadenas de librerías, pero pronto aprendí que la poesía no es negocio, y mucho menos la poesía de un autor desconocido (más allá de la calidad literaria, o no, del desconocido en cuestión). Sí conseguí que aceptaran mi libro, consignado, en unas pocas librerías de barrio, incluyendo aquella en la que trabajaba un muy buen amigo. Entonces supe por qué la poesía no es negocio: simplemente porque no se vende o, lo que es lo mismo, porque la gente no la compra.

En este punto podríamos preguntarnos: ¿qué es lo que sucede? ¿Por qué la poesía tiene tan pocos amantes? O si los tiene, ¿por qué éstos no buscan nuevos autores? Claro, podríamos preguntarnos, pero a mí no me entusiasma quedarme sólo con las preguntas. Sé que quiero vivir de lo que más me gusta en la vida, que es escribir, y hacia allá voy, con preguntas o sin ellas.

Entonces decidí salir a las calles. Pronto. Sin detenerme a pensar en lo que hacía. Aparecí una tarde, después del trabajo, en la plaza San Martín, con mi mochila llena de libros, con el paso inseguro y con la ilusión asomando apenas, dudando entre quedarse o dejarme solo.

Podía pasar cualquier cosa. Podían comprarme algunos libros, o podían pedirme incluso que dejara de molestar con mis estúpidos poemas (con el tiempo descubriría que en la calle todo eso ocurre, y también más). Pero lo que ya no podía pasar era que me encontrara un día solo en una habitación o donde fuera, enojado conmigo mismo, decepcionado, por no haberme animado a intentarlo.

Luego de serenar los latidos del corazón, que parecía desbocado ante la presencia de lo nuevo, comencé a saludar tímidamente a quienes descansaban en algún banco, ofreciéndoles mi libro, o a quienes estaban sentados en el césped, o sobre las raíces de algunos de esos árboles añosos, que contribuyen a hacer tan especial a la plaza San Martín.

Para mi sorpresa, hubo varias personas que me compraron. No recuerdo ahora cuántas, pero seguramente más de lo que yo esperaba. Y eso me dio el impulso para seguir adelante, y para encontrarme todavía (con un receso de varios años en el medio, debido a facultad, trabajo, e indecisiones varias) vendiendo libros por plazas y parques de Buenos Aires. Cosa que disfruto muchísimo.

Aquí podríamos volver a las preguntas: ¿por qué en las librerías no, y en las calles sí? ¿El aire libre nos distiende y nos vuelve más sensibles y poéticos? ¿La presencia del autor luchando por lo que quiere nos conmueve de alguna forma? ¿O se trata sólo de hábitos de consumo: compramos aquello que nos resulta más fácil comprar, que nos llevan hasta las manos, y depositan de manera sencilla? Pero no importa el porqué, olvidemos como antes las preguntas.

Volviendo a las plazas y parques, luego de haber pasado por diferentes sitios, deambulo ahora más que nada por dos que son de mi preferencia, no sólo porque allí me compran bastante, sino además porque me hacen sentir estupendamente bien. El primer lugar es la ya nombrada y bendita plaza San Martín, en Retiro, que me vio empezar y aún hoy me sigue viendo (algo cansada, seguramente, de tanta caminata repetida), y el segundo es el parque Tres de Febrero, en Palermo, que me transporta a la infancia, con sus interminables y maravillosos bosques, y con sus lagos que, aunque artificiales, son también muy hermosos, sobre todo al atardecer.

Así que ya saben, quizá algún día, cuando menos prevenidos estén, nos crucemos por allí y terminen por comprarme un libro.

Para despedirme, quiero dejar un poema que escribí hace bastante tiempo, y que a veces recito (para mis adentros, claro) cuando me parece que las cosas se están haciendo esperar un poco más de lo que quisiera:


A pesar de todo


Aunque el mundo me diga que es inútil,
aunque el sol se esfume con tus ojos,
aunque rinda homenaje a lo imposible
y mi amor se canse de estar solo.

Aunque cuente mil ovejas en mis noches,
y mil noches se encarguen de soñarte,
aunque cubra de promesas a mi alma
y ni una consiga consolarme.

Aunque toquen las campanas del olvido,
aunque llegue el invierno a mi morada,
aunque abrace a la bandera del prejuicio
y esos dedos me obsequien su mirada.

Aunque pierda a cada paso una sonrisa
y el destino me clave sus puñales;
¡no dormiré en el altar que se levanta
donde el cielo decide resignarse!


Alejandro Laurenza
del libro “Libertad y otras yerbas”

sábado, 8 de agosto de 2009

Hecho en Buenos Aires


Yendo de lo literario a lo periodístico, hoy quiero hablar de la revista Hecho en Buenos Aires (HBA), cuyos artículos, siempre comprometidos con temas sociales de nuestra América Latina, suelen ser interesantes e independientes (cosa poco común en estos días). Uno puede coincidir o no con ellos, pero lo que seguramente ocurrirá es que se quedará pensando (cosa también poco común).

Sin embargo, el valor fundamental de la revista es que está dedicada a ayudar a la gente que vive en la calle. ¿De qué manera?, nos preguntaremos. ¿Dando asistencia, comida, techo? Y la respuesta es sí, dando todo eso, pero dándolo de la mejor forma, es decir brindando trabajo a quienes habitualmente se hallan excluidos del sistema (palabra insensible, si las hay), para que luego ellos mismos puedan procurarse lo que necesitan. Y el objetivo último es, por supuesto, que consigan abandonar las calles, reinsertándose en una sociedad difícil, y volviéndose a sentir parte de ella.

¿Alguna vez se preguntaron cómo hace una persona de la calle para conseguir trabajo? Muy sencillo, podremos decir desde la comodidad de nuestro hogar, comprando el diario y saliendo a buscar, sólo eso. Pero bueno, es fácil asegurarlo cuando todo está resuelto.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando no tenemos el dinero para comprar el diario, ni pudimos comer o dormir de una manera decente, ni cortarnos el pelo, ni afeitarnos, y ni siquiera pudimos darnos una ducha o lavarnos la ropa, muchas veces demasiado gastada para seguir usándola? ¿Cómo creen ustedes, suponiendo que llegamos hasta donde necesitan a alguien para trabajar, que recibirán a quien no tiene un domicilio de referencia? En fin, de seguro será bastante más arduo de lo que podemos suponer en primera instancia.

Como decía al inicio, HBA está dedicada justamente a ellos, a quienes se encuentran excluidos. Les da eso que parece imposible: un trabajo a través del cual dignificarse, y sentirse útiles. Su tarea consiste es vender la revista, de manera responsable y siempre respetuosa, sin pedir al que la compra más de lo que la revista vale.

Tengo entendido que las primeras (no sé cuántas) se las dan para que puedan comenzar, y que luego deben comprar las siguientes, para así venderlas y volver a comprar. De los $3 que hoy cuesta HBA, $2,10 son para el vendedor (porcentaje nada despreciable), quien recibe además una credencial que lo identifica, y que debe tener siempre visible.

En definitiva, les recomiendo sinceramente que compren la revista, tanto si desean leer algo interesante, donde suele haber, entre otras cosas, entrevistas a personajes conocidos, pensantes y sensibles (que con conocidos no alcanza), como si quieren ayudar a superar la situación de calle a la persona misma que se las está vendiendo.

Transcribo ahora lo que HBA dice con motivo de sus nueve años recién cumplidos:



Hecho en Bs. As. lanzó un medio a las calles de la ciudad en junio de 2000 como una revista dedicada a ofrecer una inserción laboral a personas en situación de calle y sin trabajo. Nuestra primera edición llevaba el título en tapa “Andá a laburar”, como una manera de burlar a un sistema que aseguraba que la gente sin trabajo y en situación de calle no trabajaba porque no quería. Es que no había laburo. Y la realidad social se perfilaba como algo mucho más complejo de lo que podía imaginarse. Pocos creían que esta revista funcionaría. A nueve años de nuestro lanzamiento, el proyecto de Hecho en Bs. As. cooperó con la integración y la inclusión de más de 2500 personas. En estos años, nuestros vendedores vendieron más de 1.900.112 ejemplares. Y sin poner culos en la tapa. Hasta la victoria Hecho.


Hecho en Bs. As. es periodismo, arte y cultura para el cambio social.
info@hechoenbsas.com
www.hechoenbsas.com

domingo, 2 de agosto de 2009

Silencios de un Mundo


Silencios de un Mundo, mi primer libro de poesía, publicado de manera independiente (edición de autor) en 1999, fue un aprendizaje en muchos sentidos para mí. El primero de ellos, y el más importante, es que uno no debe publicar todo lo que escribe. Parece tan obvio, tan fácil de saber, pero no lo era tanto para aquel chiquillo de poco más de veinte años, que se enamoraba de todo lo que hacía.

Como alguna vez le escuché decir al querido Mario Benedetti en un reportaje, el hacha debe estar siempre lista, tanto para recortar como para eliminar por completo lo que no tiene caso. Dicen que es conveniente escribir y dejar en reposo, y tiempo más tarde volver a leer de una manera distinta, con otros ojos, como si no fuéramos nosotros los que alguna vez escribimos. Si a pesar de todo nos gusta, entonces vamos bien, pero si no nos gusta, o al menos tenemos dudas, entonces lo dejamos afuera, y si te he visto no me acuerdo. Es preferible sufrir a tiempo que a destiempo.

De todas maneras, y para hacer honor a la verdad, debo decir que, además de lo que ya en aquella época debería haber dejado afuera por falta de convicción, hay escritos en Silencios de un Mundo que antes me parecían sinceramente buenos y que ahora no. Quizá debido a diferentes edades que uno tiene, y a un crecimiento en el medio que nos hace ver las cosas desde otro lugar. Lo cual también es aprendizaje.

Pero para que no todo sea reproche (pobre Silencios, va a terminar sintiéndose mal), vamos nombrar también algunos poemas que aún me siguen gustando. En la pequeña lista de invitados, tendrán lugar los ya revelados en entradas anteriores Eterna soledad y El Arte, como así también Bella mujer, Creencias, Adiós, Una noche que ha muerto, Tu rostro, Muriendo de amor, Simbiosis, Laberintos con salida, Fotografías de una infancia, Mandamientos de la felicidad, ¿Hasta cuándo?, Inevitablemente, Preguntas al amor y Un puñado de penas. Y hasta ahí llegamos. Creo que es esto más o menos lo rescatable, lo que podría ser incluido alguna vez en una sencilla antología, y que seguramente iré publicando en este Blog.

Ahora bien, este pecado de juventud (parafraseando a Marcos Agüinis al referirse a su primer libro), además de haberme ayudado a asumirme como persona que escribe (lo cual fue algo muy importante para mí, ya que me permitió iniciar un camino nuevo con una libertad también nueva), me obligó a aprender al mismo tiempo, de manera indirecta, cuestiones fundamentales, como registros literarios, formas de publicar, algo de diseño gráfico (lo mínimo e indispensable) y, por supuesto, qué hacer con ese libro ahora que lo tengo en casa.

Además me ayudó a abrir los ojos, a darme cuenta de que el libro impreso era algo hermoso, pero que hasta ahí llegaba, que era sólo el inicio de un trabajo infinitamente más grande y difícil, y también hermoso.

Quiero decir para terminar que, a pesar de la dureza con que ahora lo trato, este libro soy yo. Es lo que yo era, y es lo que lo que de alguna forma sigo siendo.

Dejo a continuación el texto de contratapa:


Nací el 25 de abril de un año bastante agitado, entre los preparativos de un mundial que estaba destinado a pertenecernos. Las primeras lágrimas que le obsequié al mundo coincidieron con las de tantos otros, que el mundo y algún que otro interrogatorio les aconsejaron ofrendar. Mis años de inocencia fueron tan inocentes como deberían serlos los de todos los niños: con esa maravillosa ausencia de las cosas que duelen, y que tanto tiempo tendremos para cobijarlas.
Mis escasos pasos por la vida me mostraron la inevitable relación entre el esfuerzo y la felicidad, y la inexistencia de lo perfecto (doy gracias al cielo por ello). Ahora, mientras intento dejar de ser un inquieto hilo de luz, y busco la salida de este interminable laberinto, me acerco ustedes con mi modesta cronología.


Alejandro Laurenza
del libro "Silencios de un Mundo"

sábado, 25 de julio de 2009

Diario del Viajero

En algunos mails y comentarios me hicieron notar que están faltando mis poemas en el Blog, por lo que vamos a intentar remediarlo. Dejaré en este caso uno que forma parte del libro Maldita Conciencia, y que hace poco más de un año tuvo el privilegio de aparecer en las páginas del Diario del Viajero. Pero como no puedo con mi genio, antes voy a contar el cómo de aquella publicación.

Un tarde, mientras vendía mis libros en la plaza San Martín, al salir del trabajo (con la mochila al hombro, como siempre, y con el gusto por lo que estaba haciendo reflejado en la sonrisa) un hombre que no me podía comprar me dio un consejo. Muchas veces me dan consejos, y en la medida de lo posible, y si coinciden con mi forma de ver la vida, intento seguirlos. Me recomendó que me acercara al Diario del Viajero, cuyas oficinas están en la Avenida de Mayo, muy cerquita del Cabildo. Me dijo además que eran muy amables, y que una vez a él le habían publicado un escrito.

La verdad es que anoté los datos sin demasiadas esperanzas, y luego me olvidé por completo del tema, hasta que un día me lo volví a encontrar. Otra vez estaba yo vendiendo mis libros, en la misma plaza San Martín, y tuve que reconocer que aún no había hecho nada de aquello. Creo que a causa de este nuevo encuentro, finalmente decidí presentarme al diario.

El Diario del Viajero es en verdad un periódico semanal, de distribución gratuita y con una importante tirada de 300.000 ejemplares. Se publica en Buenos Aires, y se distribuye en varios puntos del país. Recuerdo que cuando llegué estaba un poco perdido. Luego de pasar frente a la sala de exposición que se encuentra en la planta baja, de tomarme el ascensor, y de ingresar erróneamente a una de sus oficinas, me dirigí al fin a la oficina correcta, del otro lado del pasillo.

Allí me recibió una señora, y me atendió luego, de manera muy amable, el señor Carlos Besanson, director del periódico. Le conté entonces lo que hacía y, con voz algo tímida, agregué que me gustaría que lo evaluaran para una posible publicación. A lo que él me respondió cordialmente que no había ningún problema, siempre que le llevara una carta y el poema que quería publicar.

Esta vez, ni lerdo ni perezoso, me presenté enseguida con lo solicitado y con un libro mío de obsequio para el señor Besanson. Lamentablemente él no se encontraba, pero de seguro se lo hicieron llegar. Al poco tiempo recibí un mail, en el que me informaban que publicarían mi poema la semana siguiente.

Por supuesto que fue una alegría muy grande para mí, y en cuanto llegó el día miércoles, que es el día de salida del periódico, pasé por los exhibidores de planta baja y me llevé algunos de recuerdo. Hoy los conservo en mi cajón literario, entre las cosas que me fueron dando satisfacciones en este camino.

Ahora sí, cumpliendo lo dicho al principio, transcribo ese poema, y les dejo además el link donde pueden verlo en la versión digitalizada del Diario del Viajero: Inmunes por elección propia.


Inmunes por elección propia


Es tan incierta la vida...

Uno se hace imágenes,
senderos, países,
proyecta un paso sobre otro
hacia un final
en el que verdaderamente cree.
Cada lluvia encuentra su refugio,
cada noche su sepulcro,
la máquina anda enloquecida,
anda,
dios existe, o no,
y lo que seguro no hay
es lugar a dudas.

Es tan incierta la vida...

El hombre se sabe hombre,
rey, monarca de este infierno,
sale victorioso,
o al menos eso piensa,
sube una tras otra
las cabezas del prójimo,
pero no importa,
su ego lo justifica todo,
y lo que seguro no hay
es lugar a dudas.

Es tan incierta la vida...

El tiempo se consume
de manera eficaz,
según estimaciones
prolijas, admirables,
las ganas poco importan,
se eximen, se extraditan,
la infancia queda lejos,
¡mejor, que no moleste!
Y lo que seguro no hay
es lugar a dudas.


Alejandro Laurenza
del libro Maldita Conciencia

sábado, 18 de julio de 2009

Influencias

Como dice Roberto Pettinato en su programa de radio matutino El show de la noticia, no salimos de un repollo. Todos estamos influenciados. Así como los músicos son un poco lo que escuchan, quienes escribimos no tenemos más remedio que ser también un poco lo que leemos.

Esto no quiere decir que nos transformemos en meros imitadores, pero no podemos desconocer que tenemos raíces, y que en lo que hacemos se ve a veces también lo que otros ya hicieron. La originalidad absoluta no existe, a menos que nos metan de chiquitos en una caja de cristal para evitar el contacto contaminante, ¿pero entonces cómo vamos a aprender? ¿Apoyados en qué base vamos a crecer? ¿Podremos algún día hacer algo medianamente interesante?

En lo personal, como comenté en otra entrada, me acerqué a la poesía gracias a Pablo Neruda, a quien leí muchísimo y a quien sigo leyendo de vez en cuando. También he leído a Alfonsina Storni, a Antonio Machado, a Baudelaire, a Walt Withman, a Oliverio Girondo, a Gelman, a Almafuerte, a Bequer, a Rimbaud, y a otros tantos poetas conocidos y desconocidos, que fueron llegando a mis manos de un modo desordenado y caótico, como a mí me gusta en estos casos.

Claro que no sólo de puros poetas se nutre uno. Hay músicos cuyas canciones son a veces también poesía, y otras quizá no, pero saben tener una fuerza que nos puede dejar con la boca abierta. Entre esos músicos, los que más mella hicieron en mí son Charly García, Fito Páez, Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, algunas canciones de Arjona (aunque me de un poco de vergüenza admitirlo), Alejandro Sanz, Ismael Serrano; todos ellos con sus altos y sus bajos, por supuesto.

También algunas bandas como La Bersuit, Los Piojos, La Renga, Soda Stereo un poco antes, Los abuelos de la nada, Los Redondos, y ni hablar de las increíbles Serú Girán y Sui Generis, donde el mismo Charly hacía y deshacía de una manera asombrosa.

En fin. Uno se va formando y transformando, y de todos habremos tomado algo, y de todos estaremos infinitamente lejos.

Sin embargo, mi mayor influencia la reconozco en el escritor uruguayo Mario Benedetti, quien se fue de este mundo hace muy poquito tiempo. De él siempre me cautivó su fuerza, su sencillez, su profundidad, y sobre todo el “qué decir” por encima del “cómo decir”, que también es importante, claro, pero que es muy poco (al menos para mi gusto) si el “qué” no es tenido en cuenta.

Creo que aprendí mucho de él, y encuentro a veces su voz en las cosas que hice o hago, y seguramente la seguiré encontrando en lo que alguna vez vaya a hacer. A él lo leí más que a ninguno y, aunque ahora lo lea menos, siempre lo tengo presente.

Quiero despedirme con uno de sus poemas, que me emociona y me moviliza en partes iguales:


No te salves


No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicio
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.


Mario Benedetti
del libro “Poemas de otros”

sábado, 11 de julio de 2009

Formas de publicar

Esta entrada es para quienes se encuentren transitando un camino similar al mío, quizá unos pasos anteriores a los que yo ya he dado, y tengan ganas de conocer algunas experiencias propias que tal vez les sirvan de ayuda.

Básicamente tenemos dos formas de publicar: con editorial o sin editorial. La segunda, aquí en Argentina, se denomina edición de Autor.

Si bien aún no he publicado con editorial, puedo contarles algunas cosas que conozco gracias a Blogs como Miserias Literarias, Cómo llegar a publicar y Fantástica Literatura (realmente les recomiendo que se tomen un tiempo para pasar por allí, hay mucho por aprender), entre otros, como así también otras cosas que intuyo y con las que creo no estar muy lejos de la realidad.

Cuando uno publica con editorial, en principio sólo debe preocuparse por la calidad de su obra, quiero decir por escribir aquello que quiere de la mejor manera posible. Luego será la editorial la que se encargue de indicarnos las correcciones que crea pertinentes, la que se ocupe del armado del libro (eligiendo tipografías, diseño de tapa e interiores, calidades de papel), la que tenga contacto con distribuidores para colocar nuestro libro en los diferentes puntos de venta, la que lleve a cabo la difusión a través de diversos canales, y la que, por último, se encargue de liquidarnos las comisiones acordadas. No digo que esto sea todo lo que hace una editorial, es sólo lo que yo percibo, y que me parece destacable visto desde afuera.

Ahora bien, publicar con editorial también nos lleva a dos caminos diferentes: el primero es el de encontrar una editorial que apueste por nuestro trabajo y que asuma los costos y riesgos de la publicación, mientras que el segundo se trata de contratar a una editorial que haga un trabajo similar a la primera, pero donde los costos y riesgos de publicación serán asumidos por nosotros. En muchos lugares leí que a esto último lo llaman Autopublicación, o Coedición si los gastos son compartidos, que no debe confundirse con la mencionada edición de Autor, donde nosotros somos la editorial misma.

El primero de esos dos caminos, es decir la editorial que apuesta por nuestro trabajo, es el sueño al que todos aspiramos, y es la senda natural en la carrera de cualquier escritor. A esta se puede llegar de manera directa, o a través de agentes literarios. Quizá más adelante hable un poco más al respecto, pero por ahora vuelvo a recomendarles que recorran los Blogs mencionados al principio.

En cuanto a la Autopublicación tampoco lo he hecho nunca, pero puedo decirles que deben estar muy atentos. Conviene contar con buenas referencias antes de zambullirse en estas aguas. Estoy seguro de que hay editoriales que cobran por su trabajo y que luego lo hacen muy bien, respetando todo lo que uno espera de ellas, pero también hay muchas (y de esas algunas conozco) a las que sólo les interesa el dinero. Estas últimas a veces ni siquiera llegan a publicar nuestro libro, luego de habernos cobrado, o, si lo hacen, la publicación deja mucho que desear. No digo que sean todas iguales, sólo digo que se informen para poder elegir sin encontrarse luego con sorpresas.

Al mismo tiempo, debemos tener en cuenta que llevar nuestro libro a papel no significa más que eso. Quiero decir que no es garantía de nada. Para que ese libro luego se venda, no basta con que tenga una calidad aceptable, requiere además de mucho trabajo y compromiso. En definitiva, las preguntas son: ¿está la editorial que contratamos en condiciones de cubrir nuestras expectativas? ¿Cuántos de los escritores que ellos han publicado consiguieron cubrir las suyas? ¿Sabemos dónde nos metemos?.

Para terminar, vamos a hablar de la edición de Autor, donde no hay editorial sino imprenta (esta es la que más conozco, dado que así publiqué los tres libros de poesía que hasta ahora tengo). En este caso, como había mencionado antes, somos nuestra propia editorial, es decir que nos caben a nosotros todas las responsabilidades: desde el tipeo y corrección de nuestro libro (aquí nadie nos va a decir si lo que hacemos vale o no la pena de ser publicado) hasta la búsqueda de canales de venta. La imprenta recibirá de nuestra parte un archivo con el diseño de tapas e interiores, sobre el cual hará la impresión y la encuadernación de los libros (al menos esta es la experiencia que yo tengo), y su trabajo no implicará opiniones literarias de ninguna clase, y quedará terminado al entregarnos las cajas con los ejemplares solicitados. Por supuesto que el costo de publicación quedará también a nuestro cargo, y tendremos que buscar la manera de que un libro pueda financiar al siguiente, y no encontraremos mucha más ayuda que nuestras propias ganas de seguir adelante.

Si me preguntan cuál es el mejor camino a seguir, sin dudas les diré que el de encontrar una editorial que apueste por lo que hacemos, sobre todo si eso que hacemos responde al género de novela, o libro infantil, o quizá algún tipo de ensayo. Sin embargo, hay géneros como poesía o cuento que se venden mucho menos que los anteriores (por no decir poco y nada), y, como sabemos, una editorial no es una entidad de beneficencia, sino una empresa que invierte en aquellos libros que cree que se pueden vender.

Quiero decir que si escriben poesía, como es mi caso (o al menos con lo que yo me inicié), no está nada mal comenzar con edición de Autor, o incluso con Autopublicación si prefieren que los ayuden a armar su libro, pero sin olvidar nunca lo antes dicho. La calidad literaria dependerá únicamente de ustedes: si pagan seguramente publicarán (intenten no creerse los elogios de quienes esperan algún dinero de su parte), por lo que son doblemente responsables por su trabajo. Por otro lado, tener el libro en las manos es sólo el comienzo (un comienzo muy pequeño en verdad) de un camino largo y difícil, que sólo puede ser seguido cuando a uno le apasiona lo que está haciendo.

Espero que todo esto les sea de alguna utilidad, y no los desanime, sino que, por el contrario, puedan tomarlo como herramienta para avanzar en lo que aman hacer.

En entradas futuras les contaré las alternativas que fui encontrando para vender mis libros, las dificultades de cada una de ellas, y las satisfacciones, por supuesto, que me impulsan a seguir adelante.

sábado, 4 de julio de 2009

Persona que escribe

Publicar mi primer libro me ayudó a asumirme como persona que escribe, que no escritor, para eso debería esperar ocho o nueve años más, escribiendo y escribiendo, y publicando mientras tanto otros dos libros.

Antes de ese salto inaugural, el acto de escribir era casi una vergüenza para mí, como un delito. Lo hacía en parques, colectivos o trenes, donde nadie me conocía, por supuesto, y luego traspasaba en casa los papeles desordenados (de manera furtiva, a escondidas) a un cuadernito medianamente prolijo donde se iban acumulando.

Es extraño que me costara tanto aceptar aquello que me hacía sentir tan vivo, y con lo que era yo mismo como con ninguna otra cosa. Ahora, a la distancia, me producen una sonrisa piadosa esos recuerdos. Es evidente que se trataba de un paso más en mi aprendizaje, aunque entonces no me diera cuenta.

Había en mí una contradicción muy notoria. Ni bien hube llevado a papel mis primeros poemas y reflexiones, supe que los publicaría en algún momento, aún antes de preguntarme cómo sería ese proceso. Sin embargo, era incapaz de confiar en las personas que estaban más cerca de mí y que más quería. Sólo en mi hermano pude hacerlo, y en un par de amigos de esos que uno tiene, y que son también como hermanos.

A tal punto me avergonzaban las miradas de los otros, mientras me sumergía en este nuevo mundo, que mis propios padres, con quienes siempre compartimos una relación bastante cercana (quizá tan cercana como un adolescente puede tenerla, o mejor dicho como un adolescente como era yo puede tenerla) se enteraron de mi secreto el mismo día en que la imprenta me entregó una caja con los primeros trescientos ejemplares.

Creo que luego fue el orgullo por ese libro / hijo recién nacido el que me ayudó a aceptarlo. Después todo fue más fácil. Leía poemas por ahí que me parecían buenos, y ahora no tanto, y regalaba libros a familiares y a amigos, y hasta salía a las plazas y parques de Buenos Aires para venderlos a desconocidos, mientras tomaban mate o simplemente descansaban bajo el sol. En esta aventura me recibieron muy bien e incluso conseguí que me compraran unos cuantos, pero de eso vamos a hablar más adelante.

Transcribo ahora un poema de ese primer libro:


El Arte

Cuando el silencio se adueña de los rostros,
cuando los brazos no intentan levantarse,
cuando las noches se quedan sin su luna,
cuando la luna se queda sin amantes.

Cuando el tirano nos presta sus cadenas,
cuando los huesos aprenden a temblar,
cuando nos roban toda la inocencia,
cuando la jaula nos viene a despertar.

Cuando un niño recuerda su sonrisa,
cuando un padre se olvida de sus niños,
cuando la parca es demasiado conocida,
cuando los muertos rezan por los vivos.

Cuando el mundo termina en la subasta,
y unos pocos compiten por sus partes,
y el martillo golpea indiferente,
sólo el Arte no opta por callarse.


Alejandro Laurenza
del libro “Silencios de un Mundo

sábado, 27 de junio de 2009

Mi primer poema

Una noche esperaba el colectivo en Belgrano, sobre la avenida Cabildo. Volvía de la facultad y era bastante tarde, quizá las once o las doce. Estaba acostumbrado a esos horarios (no como ahora que me voy temprano a la cama). Creo recordar que hacía frío, pero no estoy seguro. Lo que sí sé es que nunca había estado enamorado.

Ya para entonces tenía la costumbre y el gusto de encontrarme siempre leyendo un libro. Terminaba uno y empezaba el siguiente. Mis espacios de lectura eran fundamentalmente los viajes (colectivos, trenes, subtes) y lo siguen siendo. Los géneros eran variados: poesía, novela, cuento, ensayo, lo que fuera. Se trataba sólo de indagar, de mirar el mundo de una manera distinta.

A pesar de que leía de todo por igual, era la poesía la que me llegaba más hondo. Andaba por las calles rumiando versos. Parecería un desquiciado, seguramente, pero poco me importaba. Conseguía arrancarme por un rato de la timidez habitual y de las miradas ajenas. Era otro, y era yo mismo.

Esa noche los versos repetidos comenzaron a transformarse. Se hicieron nuevos, diferentes. Se hicieron míos. Llegó entonces mi primer poema, que se escribió primero en la parada del colectivo y continuó luego escribiéndose durante viaje (allí sí con papel y lápiz), y me hizo sentir feliz de un modo que hasta ahora no conocía.

Ese poema me descubrió melancólico y abandonado, sin motivo quizá, y me mostró también ansioso por el amor que aguardaba. Ese poema es el que dejo a continuación:

Eterna soledad


Inmensa soledad que me sostienes
olvídate de mí
por un momento,
abandona a este pobre corazón
y libera el alma mía
de tu densa
y abrumadora niebla.

No conoces el sabor de la derrota,
te alza imponente frente a mí,
oscureces los sueños más brillantes
y empañas
los delicados cristales del sentimiento.

Pero no todo duerme bajo tu manto.
Hay algo que no consigues amarrar:
un breve pero profundo deseo,
un suspiro nuevo
y el inevitable nacimiento del amor.


Alejandro Laurenza
del libro “Silencios de un Mundo

domingo, 21 de junio de 2009

Cómo llegué a la poesía

Creo que siempre fui algo sentimental, aunque a veces no se me note visto desde afuera (escudos que uno tiene, quizá). Anduve y ando por el mundo intentando disfrutar de las cosas sencillas. Creí y creo en el amor, y me parece que hasta ahí llego, o tal vez un poquito más (pero no mucho).

Sin embargo, por herencia familiar (nunca impuesta, sino adoptada por elección propia), mi formación estuvo siempre más ligada a la técnica y a la matemática que a las expresiones artísticas. Pero hubo un día, de esos días adolescentes en que uno tiene dieciséis o diecisiete años, que en una ficción televisiva de Argentina uno de los personaje recitaba un poema maravilloso de Pablo Neruda.

Y ahí estaba yo, sorprendido por la belleza de aquel poema, pero sorprendido también por lo que el poema podía producir en mí. Se me abrieron entonces las puertas de un mundo nuevo. Me acerqué a la poesía y allí me quedé, y aún hoy me quedo.

Ahora dejo que ese poema siga hablando por mí:



Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.


Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y pareces a la palabra melancolía.


Me gustas cuando callas y estás como distante,
y estás como quejándote, mariposa en arrullo,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.


Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.


Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.




Pablo Neruda
del libro “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”